lunes, 13 de septiembre de 1999

She

Escribo para no escribirte, 
Reprimo para no desearte, 
Te alejo para no acercarme. 

Te borro de dónde sé que puedo borrarte, 
Me auto-engaño, me miento a mí misma.
En mi mente tu imagen,
omnipresente,
es imborrable. 

No busco un experimento,
sino una fuente de inspiración.

Me odio por sentir lo que no debo sentir, 
y te odio porque tu madurez obtura mi fantasía. 

Te veo a través del espejo, 
te pinto ahí dónde no estás, 
proyecto tu cuerpo de espaldas, 
robándole notas a mi teclado.

El silencio me abruma, 
tu ausencia me desvela. 

Estoy obsesionada con tu manera de ser.

Si tan sólo vinieras... 
me conformaría con sólo mirarte.

Pero nada de "esto" existe,
No hay "nuestra" historia posible, 
Es sólo otro de mis tantos castillos en el aire...

domingo, 12 de septiembre de 1999

Bocanada

Tomo un hilo desde su origen y lo uno con los otros que mi mente va trayendo a mi memoria para ver en qué punto hago los nudos. Ahí viene un recuerdo, allá lejos veo otro. El resultado es ininteligible en su causa, pero bien palpable en su efecto: maldición, en el fondo siempre supe que me gustaba pero nunca me lo pude decir a mí misma. ¿En qué rincón de mi inconsciente guardaba este deseo? ¿Por qué siempre la misma tentación por lo imposible, por lo no debido, por sumergirme en las fantasías menos habitables? ¿Qué es este infantilismo, esta regresión a mi yo adolescente, este modo tan patético de comportarme que no hará más que alejarme en todos los planos de aquello que deseo? Es el colmo de los colmos, la libido disparada hacia el lugar menos pensado en el momento menos indicado. ¿Qué es lo que hago saliendo a buscarte por las calles en dónde sé que no voy a encontrarte? ¿Qué es lo que hago espiando por ventanas de colectivos en los cuáles es remota la posibilidad de observarte? De la risa al llanto me voy, del sonrojo al enojo y ahí viene la culpa, invitada no deseada en este baile, a sumarse a este coctel explosivo de sentimientos des-encontrados en la penumbra de una noche que tienta con volverse invernal. Enciendo otro cigarrillo y es su rostro el que veo fumando a mi lado, cebo otro mate y es su boca la que dibujo mientras mis labios rozan el mismo punto que esa noche rozaron los suyos. Maldigo a la lluvia y a su cuerpo a centímetros del mío mientras su alma se encontraba a un millón de años luz de casa. Maldigo a su perfume esparcido entre mis sábanas y más me maldigo a mí misma por dar el paso indebido en el momento inapropiado. ¿Por qué no pude contenerme a tiempo? Pero el fin de la pasión es que lo oculto se vea. ¿Por qué tuve que hacer explícito lo latente? Hablé de vos…de mis ansias… ¿Por qué esta convulsión dirigida a estropearlo todo? ¿Por qué no pude guardar silencio, atarme las manos, cocerme los labios, frenar la escritura de mis dedos? Me estoy consumiendo en la llama de mi propio deseo, sacar belleza de este caos es virtud.

domingo, 29 de agosto de 1999

Sudestada


En alguna parte más o menos consciente de mi mente nació esa fantasía hace ya unos cuantos años. Debo confesar que es más perversa por la trama vincular que la sostiene que por su naturaleza en sí, la cual me parece de lo más bello del mundo: ¿desde cuándo la libido tiene un objeto predeterminado? 
Ya no sé en qué punto de la noche perdí el control gestual sobre mis impulsos, o sobre lo que por fuera del lenguaje verbal se expresa desde todos los poros del cuerpo aun cuando uno intenta evadirlo. Sólo sé que explícitamente di un mensaje entre líneas que marcó un antes y un después del cual ya no es posible retornar al punto de origen. 
No recuerdo cuando había sido la última vez que disfruté tanto durmiendo con alguien, ¡con lo que eso me cuesta! Sin la necesidad de que pasara más que eso: dormir de a ratos, escuchar a Cerati eternamente y conversar hasta que casi se asomó la luz del día. Tan simple como bello, tan delicado como tierno. A veces todo lo que uno necesita es eso: alguien que quiera inmiscuirse entre tus sábanas por el mero hecho en sí, sin pretender que sucediera más nada. 
Algún rasgo oculto, algún intersticio en su discurso, o la sumatoria de detalles que componen esa figura melódica intentando sacarle el polvo a mi teclado abandonado, me conmovieron por completo. O tal vez fue su inocencia, sus ganas de querer comer magdalenas y tomar mates un sábado por la madrugada. 
El efecto de un poco de hierbas y otro poco de cerveza corriendo por mis venas desató el caos en mi interior, destapó lo latente y ya bien sabido de antemano por aquella bendita pulsión. Mi cuerpo entero ardía en llamas y después de dar tantas vueltas en la cama una ínfima parte de mi pierna rozó su cadera en un instante cuasi orgásmico, tan ínfimo como mágico. Me contuve, intentando retener el placer de estirar mi deseo a límites extremos. Quise guardarme esa ternura como un bello recuerdo para sonreír en un mañana. 
Minutos después me traicioné a mí misma, me auto-saboteé como yo sola puedo hacerlo: avancé sin su permiso. Fueron mayores mis ansias. 
Pero me conformé con deslizar suavemente mis dedos sobre su espalda, acariciarla levemente por unos segundos como señal de todo lo que callaba mientras las canciones por mí, hablaban. No puedo describir el placer que se condensó en ese simple gesto de rozar con mis manos la textura de las tiras de su corpiño sobresaliendo de su remera…