domingo, 29 de agosto de 1999

Sudestada


En alguna parte más o menos consciente de mi mente nació esa fantasía hace ya unos cuantos años. Debo confesar que es más perversa por la trama vincular que la sostiene que por su naturaleza en sí, la cual me parece de lo más bello del mundo: ¿desde cuándo la libido tiene un objeto predeterminado? 
Ya no sé en qué punto de la noche perdí el control gestual sobre mis impulsos, o sobre lo que por fuera del lenguaje verbal se expresa desde todos los poros del cuerpo aun cuando uno intenta evadirlo. Sólo sé que explícitamente di un mensaje entre líneas que marcó un antes y un después del cual ya no es posible retornar al punto de origen. 
No recuerdo cuando había sido la última vez que disfruté tanto durmiendo con alguien, ¡con lo que eso me cuesta! Sin la necesidad de que pasara más que eso: dormir de a ratos, escuchar a Cerati eternamente y conversar hasta que casi se asomó la luz del día. Tan simple como bello, tan delicado como tierno. A veces todo lo que uno necesita es eso: alguien que quiera inmiscuirse entre tus sábanas por el mero hecho en sí, sin pretender que sucediera más nada. 
Algún rasgo oculto, algún intersticio en su discurso, o la sumatoria de detalles que componen esa figura melódica intentando sacarle el polvo a mi teclado abandonado, me conmovieron por completo. O tal vez fue su inocencia, sus ganas de querer comer magdalenas y tomar mates un sábado por la madrugada. 
El efecto de un poco de hierbas y otro poco de cerveza corriendo por mis venas desató el caos en mi interior, destapó lo latente y ya bien sabido de antemano por aquella bendita pulsión. Mi cuerpo entero ardía en llamas y después de dar tantas vueltas en la cama una ínfima parte de mi pierna rozó su cadera en un instante cuasi orgásmico, tan ínfimo como mágico. Me contuve, intentando retener el placer de estirar mi deseo a límites extremos. Quise guardarme esa ternura como un bello recuerdo para sonreír en un mañana. 
Minutos después me traicioné a mí misma, me auto-saboteé como yo sola puedo hacerlo: avancé sin su permiso. Fueron mayores mis ansias. 
Pero me conformé con deslizar suavemente mis dedos sobre su espalda, acariciarla levemente por unos segundos como señal de todo lo que callaba mientras las canciones por mí, hablaban. No puedo describir el placer que se condensó en ese simple gesto de rozar con mis manos la textura de las tiras de su corpiño sobresaliendo de su remera…