martes, 17 de marzo de 2009

Historias Campestres


Uno

¿Quién puede poseer más imaginación que un pequeño niño menor de 5 años que no conoce fronteras más allá de una humilde vivienda campestre?

Allí vivía él, en el medio de la nada, envuelto en la magia de la naturaleza…pero al mismo tiempo inmerso en la tenebrosidad de aquellos extraños sonidos que inundan los campos… ¡Debería haber sabido él, que esos sonidos no siempre formaban parte de un mundo desconocido!

Su familia se encargaba de cuidar el campo de algún señor terrateniente. Y resulta ser que en un viejo pasado…un horrible sonido despertaba a este pequeño cuando la luz de los primeros rayos del sol recién se asomaba.

Su madre conocía las raíces de aquella melodía desafinada, pero vaya a saber por qué decidió asustar al pequeño advirtiéndole que esos ruidos provenían de malévolos seres llamados “ladrones”…

“¿Ladrones? ¿Qué serán los ladrones? ¿Serán personas? ¿Serán monstruos? ¿Qué forma tendrán para emitir tan desafinados sonidos?” pensaba el pequeño…absolutamente ignorante del concepto de la palabra ladrón.

El pobre niño no tenía ni la más pálida idea de lo que un ladrón era, no sabía que un ladrón era una persona de carne y hueso. ¡Vaya a saber qué clase de ser construyó aquel niño con su imaginación cuando su madre instaló en sus pensamientos aquella palabra que desde ese entonces no hizo más que asustarlo!

Día tras día el niño seguía oyendo aquellos ruidos, llenando su corazón de miedo…pero todos sabemos que la curiosidad de los niños siempre puede más que cualquier miedo…y así fue como el niño, que por cierto Blas se llamaba…decidió juntar el valor suficiente para romper la barrera construida por sus temores.

Una madrugada como cualquier otra…aquellos sonidos se hicieron presentes nuevamente…y fue en ese instante cuando Blas decidió llenarse de coraje. Tomó fuertemente un palo entre sus manos…se dirigió afuera de su casa…y cuando el sonido comenzó a sonar cada vez más fuerte…Blas se dirigió hacia el ladrón…y de un solo palazo lo derribó por completo, quitándole la respiración, reduciéndolo en ese mismo momento.

Yaciendo inerte sobre el piso quedó el pobre ladrón…totalmente muerto. Una enorme sonrisa posaba intacta sobre el rostro de Blas, quién se creía un héroe de historietas, lleno de fuerza y valentía… por fin había podido vencer al miedo para hacer una obra de bien. El pequeño estaba tan confiado en sí mismo que se sentía como Popeye tras haber comido una tonelada de espinaca…

- ¡Mamita! ¡Mamá! -le gritó entusiasmado a su madre- ¡Maté al ladrón! ¡Lo maté mamita!

Ella lo miró decepcionada, y antes de que Blas pudiera seguir festejando le gritó enfadada:

- ¡A vos te va a matar el patrón cuando se entere que mataste uno de sus gallos, hijo!



* La primera vez que escribo algo con un toque de humor...¡termino haciendo lagrimear de la emoción al protagonista de la historia! Pero che! se ve que definitivamente...¡lo mío es el drama!

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