lunes, 20 de julio de 2009

Antes y Después


ANTES

Diciembre del 2007

Todos tenemos un lado oscuro, creo que el mío se haya en parte en mi debilidad por el consumismo. La maldita ropa me puede, la moda muchas veces me puede. Porque si pongo los pies sobre la tierra… ¿Para que quiero una remera mangas cortas igual que la de la temporada anterior pero de diferente color? ¿O una pollera con diferente estampa? ¿O unas gafas de diferente forma? ¿O un Jean de diferente corte? Aunque debo admitir que me encanta mi forma de romper con los esquemas y monotonías para verme original ante mis ojos, aunque muchas veces ridícula ante ojos ajenos, pero ese hecho me es irrelevante. Pero por otra parte, esta estupidez hoy me sumergió en una inmensa culpa porque mis caprichos a veces no tienen límites, y los que deben cargar con el peso de mis insolencias son mis padres, quienes son demasiado buenos para decirme que no. Tengo que aprender que dichos materiales no son imprescindibles en mi vida, tranquilamente podría usar la ropa de las temporadas anteriores. Pero no, las publicidades, los medios, el mismo entorno me sumerge en los matices de la moda, haciéndome una víctima consumista más. Lo más triste y lo que mas pena me da, es el hecho de que muchas veces mi imagen a simple vista refleje a una persona superficial, que es lo todo lo contrario de lo que defiendo y todo lo contrario de lo que verdaderamente soy. Creo que el peor insulto que alguien podría dirigirme sería “hueca”. No logro entender como ciertas adolescentes se autodefinen y utilizan esa palabra para llamarse así a ellas mismas, no le encuentro ninguna gracia y me parece totalmente inaceptable, me repugna. De todos modos y más allá de todo, lo importante es que a pesar de mis deslices consumistas, sigo conservando y defendiendo mis valores antes que todo, y sé que quien se empeñe en entrar en mi vida para conocerme realmente, encontrará en mi interior una persona sumamente sentimental, que tiene mucho más para mostrar que una estéril imagen.

DESPUÉS
(HOY Y PARA SIEMPRE)
Mayo del 2008

Páginas de mi vida…
09-05-08

Si me pongo a pensar en la situación… podría asegurar que desde hace casi dos años ya no soy la misma persona. Puedo afirmar con total certeza que he cambiado radicalmente durante todo este tiempo. Y al hacer un balance de los cambios en mi vida, creo que en su mayoría intenté que siempre sean positivos. Cambié tantas facetas… principalmente cambié mi manera de pensar, mi manera de actuar, mi manera de ver la vida, mi manera de relacionarme con el entorno… Se podría decir que intenté ir “madurando”, por llamarlo de algún modo, aunque admito que en muchos aspectos aún soy demasiado inmadura.
Basta con recordarme a mi misma unos cuatro años atrás, para hallar en el presente una persona totalmente diferente. Y día a día luché y lucho por forjar aún más cada rasgo que me caracterice, cada parte ínfima de mi esencia. Lucho por fortalecer cada uno de mis principios, lucho para que se hagan firmes, indestructibles, inquebrantables.
No voy a detenerme en plantear cuestiones filosóficas sobre “qué es el bien” o “qué es el mal”, pero sí voy a atinarme a concluir que día a día mi persona intenta seguir un camino hacia lo que considera que es el bien. Obviamente, soy una persona con millones de defectos, pero que paso a paso intenta crecer interiormente.
Para explicarme mejor, podría recurrir a robarle unas palabras a Gabriel García Márquez, pero diferiré de él en un aspecto: yo no las utilizaré como una “Carta de Despedida”, sino como una carta de bienvenida para seguir incorporándolas a mi vida. Día a día aprendo a no decir todo lo que pienso, sino a pensar todo lo que digo. A darle valor a las cosas no por lo que valen, sino por lo que significan. A dormir poco, y a soñar más, porque por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. A andar cuando los demás se detienen, y a despertar cuando los demás se duermen. A escuchar cuando los demás hablan. A vestirme sencillo (he aquí el punto de mi relato, el cuál retomaré más adelante), a tirarme de bruces al sol, dejando descubierto no solo mi cuerpo sino mi alma. A escribir mi odio sobre el hielo, y esperar que salga el sol. A decirle a la gente que quiero que la quiero, sin pensar que ya lo tienen sobreentendido. A vivir enamorada del amor. A darle alas a un niño, y a dejarlo que el solo aprenda a volar. A enseñarles a los viejos que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Aprendí a no querer vivir en la cima de la montaña, porque sin dudas la felicidad se encuentra en el camino…
Y dejando de lado las palabras de Márquez, aprendí que lo más lindo que tiene la vida, son las relaciones de buenos sentimientos que podemos construir con las demás personas… y con nosotros mismos. Aprendí a sentirme atraída antes que nada por la forma de ser de una persona, y me siento plenamente feliz al poder afirmar, confirmar y dar por establecido ese principio de mi vida, porque aprendí que no hay belleza más pura que la belleza del alma. Aprendí a soñar, y a hacer realidad esos sueños. Como confirmo siempre…aprendí a disfrutar de los pequeños placeres de la vida y a ser feliz con lo más simple…
Y podría seguir enumerando todo lo que aprendí durante mi proceso de cambios… Pero no es ese el punto al que quiero llegar hoy con mis palabras. Al punto donde quiero llegar, es que si bien traté de cambiar muchos aspectos de mi vida, había uno, quizás un poco menos importante, que aún me seguía preocupando.
El punto era mi manera de vestirme. Sí, suena tonto, pero no puedo negar que desde que tengo noción de que eso dependa de mis gustos siempre me dejé llevar por factores externos a mi persona y nunca fue un detalle que pasó desapercibido en mi vida. Tuve mis épocas y épocas. Hubo un tiempo en que no gastaba demasiado dinero en ropa, pero sí era totalmente detallista, a tal punto de llegar a combinar absolutamente todo: los aritos, la binchita, el collar, el cinto, las zapatillas… y ahora me río al recordarme a mi misma vestida de esa manera. Y también se dibuja en mi cara una sonrisa vergonzosa cada vez que observo las fotos de mi época de creerme punk… vestida de negro, tachas, mochilas de Attaque 77, pins de una diversa variedad de bandas, parches, alfileres de gancho y los ojos delineadísimos. Parecía Morticia, lo juro. Lo más extraño era que un día aparecía vestida de esa manera, y quizás al día siguiente retomaba mi otro yo y aparecía vestida de rosa y blanco hecha una pinturita. Dos polos opuestos que demostraban la ausencia de una personalidad ya forjada.
Puedo dividir en tres épocas diferentes la imagen que de mi misma mostraba al mundo desde mis 13 hasta mis 18 años. La tercera etapa es la que más me incomoda, y ahora que lo pienso hubiese preferido quedarme en alguna de las dos etapas anteriores. Porque en la tercer etapa me convertí en una víctima consumista más. En una esclava de la moda y de las tendencias que la sociedad establecía. Llegué a sentirme totalmente decidida de querer convertirme en una diseñadora de modas en un futuro. Me convertí en una adicta a la ropa de marca y llegué a tal punto de no querer comprarme nada que no tenga una maldita etiqueta con una marca de mi agrado. Mi imagen se asemejaba a lo que tanto aborrecía y eso no me importaba, porque yo me quería vestir así. Mi imagen se acercaba al materialismo y al superficialismo cuando en mi mente tenia bien en claro que detestaba profundamente ambas posturas. Si quería tal prenda de ropa, no paraba hasta conseguirla, no me importaba si tenía que recorrerme todos los locales en donde vendan la marca, porque más de una vez lo hice. Y tampoco me importaba si les hacía gastar plata de más a mis padres por mis caprichos. Dicha situación me jugó durante mucho tiempo en contra, porque desde que comenzó mi etapa de cambios, sabía que eso no me agradaba pero no lo cambiaba, y muchas veces me odié a mi misma por eso.
Pero desde ya hace unos meses, comencé a notar como de a poco me alejé de esas circunstancias, comencé a comprarme ropa porque me gustaba, sin fijarme el local ni la marca. Y noté al mismo tiempo como me sentía bien conmigo misma alejándome de esa rígida postura que ya había construido.
Y sin más rodeos, la fecha del título del presente relato marcó un antes y un después. La tarde del nueve de mayo me sentí plenamente feliz. Como suelo hacer todas mis semanas en Rosario, cuando llega el jueves o el viernes me dirijo a la peatonal a hacerme algún que otro auto regalo como método de motivación. Esa tarde fue única y diferente. Con poca plata me compré pequeños detalles que marcaran un estilo propio. Encontré un local en donde descubrí que podían confeccionarme remeras de mi agrado. Me compré accesorios que potencien esa imagen a la cual quería llegar y en mi imaginación renacieron infinitas ideas para construir prendas únicas que nadie más iba a usar, porque las marcaría con detalles acordes a mi personalidad. A la siguiente semana me compré una remera especialmente para escribirle alguna frase de mi agrado. Y entre Yann Tiersen sonando en mis oídos al ver los frasquitos de pintura no se me ocurrió otra frase más que el título de esa película que tanto me gustó: “Paris Je T’ Aime”.
Descubrí una nueva forma de felicidad a través del pequeño placer que me proporciona remodelar ropa marcándola con retazos de mi personalidad. La tercera semana desde mi cambio ya tenía en el local esperándome mi remera con la estampa de ese CD que tanto me asombró, y como ya nada quedó del otoño veraniego decidí comprarme un tapado sencillo ahorrándome cien pesos que invertiré en CDS originales y libros. La cuarta semana me estará esperando una remera con una estampa de mi película favorita y un chaleco hecho por alguien especial que tendrá un parche de otra de las bandas de mi agrado.
Mi objetivo es construir una imagen que demuestre lo que verdaderamente soy, esto no implica que deje de usar ropa de marca o de comprármela cuando una prenda realmente me guste. Pero cuando salga de compras mi mirada será totalmente diferente, y ya no me fijaré en lo que antes me fijaba. Tan solo me fijaré en lo que a mi me guste y en lo que a mi me represente. Hacía tanto tiempo que deseaba poder afirmar esto. Simplemente decidí marcar mi propio estilo, o al menos intentar hacerlo sintiéndome conforme en el intento. Simplemente decidí forjar un poco más mi personalidad y mis principios.
Las palabras de este relato no son más que un simple ejemplo de una de las infinitas formas de felicidad que cultivo en mi vida. Un claro ejemplo de una simplicidad, de un pequeño placer que me hace feliz.

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