domingo, 19 de julio de 2009

Copyng Beethoven


12 de Abril del 2008.

Que hermoso viernes a la noche: Copyng Beethoven, una buena malta y algo dulce para degustar junto al film. Realmente no logro explicar con palabras el placer que siento con mis rituales nocturnos de mis últimos fines de semana. Ninguna salida de anoche podría haber superado la felicidad que sentí viendo esta película.
“La película ofrece momentos altísimos, arrebatadores, en los que casi se pueden tocar las ideas, las expresiones y los sentimientos” E. Rodríguez Marchante no la pudo haber descrito de una mejor manera.
Y debo remontarme a mi pasado, debo remontarme al verano pasado cuando mis oídos conocieron la delicia de sus obras maestras. Cuando en mis tardes me encerraba en mi habitación a escuchar sus sonatas y sus sinfonías, acompañando la escena con un té de algún sabor y un sahumerio que combinara con el sabor del té. Si tomaba té de frutilla, el sahumerio debería ser de frutilla. Música clásica en mis oídos, aroma a frutas en el aire, un delicioso gusto en mi boca, y las palabras de Shakespeare en mis manos, en mi vista y al mismo tiempo en mi corazón. Éxtasis de los sentidos.
Fue en aquel entonces cuando conocí sus primeras sonatas de piano, cuando mis oídos se derretían cada vez que sonaba Fur Elise, Love Story, Moonlight…¡Qué no daría yo por haber sido esa afortunada Elisa! Fue en ese entonces cuando mi corazón se desorbitaba cada vez que escuchaba esa Novena Sinfonía.
¿Hace falta que lo nombre? Por supuesto que estoy hablando de “él”, del primer músico que vivió de lo que vendió componiendo, creando un precedente en el oficio de compositor, despegándose del mecenazgo al que están sometidos otros músicos como Haydn y Mozart. Estoy hablando del Maestro, estoy hablando de Ludwig Van Beethoven. Un verdadero músico con todas las letras, un genio, es innegable, fue un genio. Me corrijo: es un genio. Porque su cuerpo puede haberse ido, pero su música es inmortal.
La película se lleva todos mis aplausos. Si bien me hubiera gustado que en la vida del compositor alemán haya existido esa bella compositora ficticia de la película: Anna Holtz, que su vida haya sido realmente como lo mostró el film. Que lindo hubiera sido que Beethoven haya conservado durante más años el sentido de su oído, ya que en la película narra los últimos días del maestro, en los cuales ya se encontraba totalmente sordo en la realidad, pero el film reinvierte la situación. Y que espectacular hubiera sido que él mismo haya dirigido esa perfecta Novena Sinfonía en su estreno.
Copying Beethoven se centra en los últimos días de la vida de Beethoven: un periodo turbulento en el que su lucha contra la sordera, la soledad y los traumas familiares le inspiraron profundamente para su Novena Sinfonía, que puede considerarse la más grandiosa jamás compuesta.
No puedo negarlo, suena tan absurdo, y me avergüenzo de mis delirios ¡pero ver esa película me dio ganas de resucitarlo! No encuentro las palabras exactas que definan la perfecta sensación que sentí cada vez que el actor que encarnaba al maestro tocaba el piano, solo me atiné a cerrar mis ojos y soñar. Y día a día aumentan enormemente mis ganas de aprender piano. Me apasiona, me enloquece, me enamora el sonido del piano.
Es increíble y al mismo tiempo maravilloso que haya existido una persona como él, una persona que encontrándose totalmente sorda haya compuesto una verdadera maravilla, una verdadera obra maestra como lo es la Novena Sinfonía. Es extraordinario, es sublime.
“La larga secuencia en la que el maestro estrena y dirige en Viena su genial sinfonía es absolutamente magistral”. Ángel S. Harguindey. Desde mi experiencia, el mejor momento de la película, indudablemente fue la presentación de dicha obra. No puedo relatarlo de otra manera, no puedo comparar esa escena utilizando otras palabras: era la mismísima música haciendo el amor. Hubiera querido que esa escena fuera eterna, que no acabara jamás.
Lágrimas renacieron anoche en mis ojos… minutos después de que la esplendorosa Novena Sinfonía arrancó con su manera poderosa, con su volumen brutal para aquella época. Perfectamente lo han calificado al segundo movimiento algunos cronistas: “el infierno en llamas”, por su contundencia y velocidad que se plasmaron en mi interior conduciéndome a un instante de fogoso placer, que se suavizó majestuosamente en la recapitulación. El tercer movimiento, aunque sosegado, conduce firmemente a lo que será el cuarto movimiento, que contiene una melodía fácilmente reconocible y mundialmente famosa. El movimiento comienza con breves recapitulaciones de los movimientos anteriores, a los cuales los violonchelos contestan con comentarios inicialmente pensados para la voz humana. Finalmente, el bajo irrumpe con un llamada "Amigos no en esos tonos..." tras lo cual la melodía del himno a la alegría es tocado, primero por la orquesta, y luego por el coro. Los violonchelos, las flautas y los oboes crean el clima y las voces masculinas y femeninas se alternan declamando la “Oda a la Alegría” de Schiller arropadas por el todo orquestal.
Momento en el cuál las lágrimas que caían sobre mis ojos reposaron sobre mi boca que no pudo contener la enorme sonrisa de felicidad, de verdadera alegría. Que hermoso, estaba llorando de la alegría mientras la emoción hizo que se me ponga la piel de gallina. La obra había llegado a un punto de clímax. Mi corazón latía con todas sus fuerzas y me sentí plenamente feliz. Luego, la sinfonía avanza y se eleva sobre sí misma, como si las notas musicales se acariciaran entre ellas, fluyendo, fundiéndose en una misma alma. Mientras tanto los coros llegan a niveles atronadores. Una doble fuga da el contrapunto pausado que lleva al veloz y prolongado cántico final, un desenlace de sinfonía único. Un orgasmo musical.
Deseé con todas mis ganas haber sido espectadora de aquel momento que quedará escrito para siempre en la historia de la música, daría parte de mi vida por poder retroceder siglos atrás y dirigirme al 7 de mayo de 1824 para presenciar esa extraordinaria orquesta en el Teatro de la Corte Imperial de Viena. Para verlo brillar por última vez, para verlo en la tarima de espaldas al público sin darse la vuelta ni aún finalizado el recital. Maldigo su sordera total, que no lo dejó oír absolutamente nada de la maravilla que había creado. Mis aplausos hubieran sido infinitos, y no miento, daría parte de mi vida por haber estado allí, por haber sido aquella solista que le alzó el brazo para girarlo para que vea… entre lágrimas, como todo el público puesto en pie lo homenajeó enardecido, en lo que fue un triunfo musical.
Pero lágrimas como esas, lágrimas de felicidad, renacerán cada vez que me proponga contemplar algún video de la Novena Sinfonía, cada vez que me deje llevar por el placer que me genera ese tipo de música, cada vez que…después de siglos y siglos, mis oídos se sumerjan una y otra vez en la maravilla de sus obras, cada vez que en mi corazón… Ludwig Van Beethoven permanezca inmortal.

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