jueves, 16 de julio de 2009

Old words

Estos días en los cuáles estoy releyendo antiguos textos de años anteriores, de los cuáles en varias oportunidades me avergüenzo, también pude llegar a la conclusión de que de muchos otros puedo aprender, puedo aprender muchísimo.
Siendo una persona que jamás aprendió a pedir ayuda fuera de sí misma, y que siempre salió adelante de los golpes de la vida ayudándose a sí misma (o al menos, intentándolo), estos dos últimos años me di cuenta de que la principal fuente de conocimiento de mí misma me lo proporcionan mis propias escrituras, ya que cuando escribo (en la mayoría de las oportunidades), tiendo a desinhibirme y a expresarme tal cual soy, o al menos tal cual creo que soy, al menos tengo bien en claro que cuando escribo no tengo otro condicionamiento más que yo misma.
Releyendo viejos textos como el que postearé a continuación, vuelvo a darme cuenta de que escribir es mi mejor herramienta para analizarme a mi misma, para interpretarme, comprenderme, e intentar ayudarme.
Y acá viene la aclaración al intento de refutación que me hicieron el año pasado, cuando alguien me dijo: “no intentes psicoanalizarte…” y mi bronca estalló significativamente. En ningún momento de mis escritos hice referencia a un autoanálisis psicoanálitico, en ningún momento me referí al término “análisis” en su concepción freudiana-lacaniana, la cual incluso suele estar bastante cuestionada ya que el mismo Freud en sus comienzos se refería a una especie de “autoanálisis”, que posteriormente según me informaron en mi facultad, no era más que una transferencia con su amigo personal Fliess…pero no estoy hoy aquí sentada para ponerme a hablar de cuestiones que ahora quedan fuera de contexto.
Volviendo al punto, tras leer el siguiente texto que escribí en marzo del año pasado, antes de que comience mi época de declive emocional, depresivo, nostálgico, autodestructivo, etcétera, etcétera…hoy pienso que quizás uno de mis principales problemas es que tengo una cierta tendencia hacia el masoquismo, la depresión, la tristeza, y demás estados contraproducentes para mi salud mental.
¿Cómo puede ser que, una vez alcanzada la felicidad, yo siempre termine destruyéndola? A veces creo que necesito de mis períodos oscuros para aprender de ellos, pero otras veces creo que soy una idiota.
Quizás otra de las opciones sea que alcanzado cierto grado de felicidad, una especie de inconformismo me induzca a querer ir más allá de ella, y toparme con la nada misma. Quizás sea que cuando uno ya tiene todo lo que quiere, se estanca y quiere ir por más, y en ese salto de querer ir por más, pierde todo lo que había construido. Debo aclarar que cuando me refiero a “tener”, no hablo de ninguna posesión de índole material, ya que en mi vida jamás fueron estas las que me proporcionaron la completa felicidad.
Tal vez sea que soy una persona muy enroscada, demasiado enredada en sus pensamientos, que se pierde intentando explicar los sentimientos.
Lo cierto es que en determinadas ocasiones de la vida, termino cayendo en un estado de desmotivación que me perturba demasiado, y sé que si me mantengo durante mucho tiempo en la línea fina entre la felicidad y la infelicidad, voy a terminar cayéndome de pique hacia las desdichas de la segunda.
Lo que hoy rescato de este popurrí de pensamientos mezclados en una lluvia inconexa de palabras, es que por suerte este año no estoy igual que el año pasado, que sigo considerando que tengo todavía muchísimos aspectos por reinvertir de mi condición emocional actual, pero que al menos no estoy sumergida en la oscuridad del año pasado, de la cual me costó medio año salir a flote completamente.
Mi presente no se traduce en un estado de felicidad armoniosa, pero si se traduce al menos en un estado de leve estabilidad, que puedo sacar completamente adelante si no me tambaleo por completo, lo cual por suerte lo veo imposible.
Todo depende de mí. Miento, nunca “todo” depende de uno, pero al menos varios aspectos de mi vida se mantienen estables regidos por mis decisiones. Espero en éstas no confundirme.



21 de Marzo del 2008.

Confesiones de un Viernes Santo...

¿Alguna vez salieron en busca del sol? Por primera vez ella se había decidido a intentarlo. A teñir de otro color un día que predecía ser rojo. A darle otro matiz. Encontrar otra forma de expulsar el dolor, la locura, la bronca, los nervios, la impotencia, la nostalgia, la melancolía, la amargura, la tristeza, la pena, etcétera, etcétera, eternos etcéteras. Encontrar el lugar y el motivo. Tarea muy particular, pero al mismo tiempo fácil. El campo y el sol. Que mejor lugar que uno que le trajera tantos recuerdos lindos del ayer, que mejor lugar para estar totalmente tranquila, oyendo agradables sonidos que se pierden en la naturaleza, sonidos del ayer, sonidos y recuerdos, formas y recuerdos, caminos y recuerdos: el campo. Que mejor motivo que el sol. Ella siempre se perdía intentando llegar a él, en los amaneceres para encontrarlo, en los atardeceres para despedirlo. Esta vez había elegido un atardecer. La moto agonizaba pero nada la detendría. Que persona más terca y arriesgada. ¿Tanto le costaba aprender de los errores? Sí, siempre al borde del riesgo, la enloquecía esa sensación de miedo y adrenalina. Le encantaba. Una voz tiñó por unos segundos su día de rosa, una agradable voz en el teléfono le proporcionó tranquilidad, calma, y la hizo sentir feliz por unos momentos. Una bella quinceañera por unos instantes pintó una sonrisa en su rostro. Y se sintió totalmente agradecida. Debía seguir avanzando, debía encontrar la imagen perfecta, debía fundir su cuerpo con el sol, con la naturaleza, con los sonidos, con el campo. La moto agonizaba pero nada la desviaría de su rumbo. Los paisajes le recordaban hermosos momentos y agradables compañías. Se aproximaba a una estancia. A esa estancia que tanto amaba. Pero debió detenerse unos metros antes. Había encontrado el punto perfecto de fusión con el sol. Fotografías y felicidad, había logrado derrotar los pensamientos rojos por un momento, fue entonces cuando se sintió feliz y realizada. Pero no todo es color de rosas. ¿Alguien sabe por qué decidió seguir avanzando por ese camino? Si ya había encontrado la felicidad, si ya se sentía realizada. ¿Por qué no pegarse la vuelta? Si la tarde ya se estaba desvaneciendo y el sol ya se había marchado. Si ya no quedaban rastros del atardecer, si la tranquilidad ya había desbordado cada célula de su cuerpo.
No, no quiso volver a su casa. Y nuevamente puso en marcha la moto para avanzar. Pero el día ya no era rosa, ni mucho menos amarillo. Algo divisó a la distancia, parecía tierra pero no lo era. Ella solo creyó que se trataba de algún auto que se asomara desde lejos, pero aquel polvo en el aire, o aquello que por lo menos parecía ser tierra en el aire, no se acercaba a ella, estaba intacto en un lugar, y ningún auto se topó con su presencia. Es que no existía tal auto, y ella cada vez se acercaba más a aquello que desde lejos había divisado. La tranquilidad se esfumó instantáneamente, pero la adrenalina que había ocupado su puesto y merodeaba por cada ínfima parte de su cuerpo le daba pautas para seguir avanzando. Maldita caprichosa y arriesgada. Nunca podía decir basta, siempre curioseando queriendo ver más allá. ¿Más allá? ¿Queriendo ver más allá de qué? Si ella era agnóstica, pero vamos… ella sabía en lo profundo de su ser que había ciertas cosas que no lograba explicarse de ninguna manera. Y ésta vez le falló la intuición, allí no había ningún auto. El miedo le recorrió cada partícula de la piel, el terror mismo se apoderó de su corazón, que cada vez palpitaba más fuerte. Pero no podía detenerse, no quería pegarse la vuelta. ¿Qué hacia una adolescente con una moto a punto de pararse extraviada en el medio de un campo en un anochecer de un Viernes Santo?
Por suerte su ausencia de religión le había hecho olvidar ese detalle, ella no sabía qué día era, pero sin embargo allí se encontraba. Conocía las historias más espantosas de aquel lugar, y ella estaba allí parada, sola en la nada, sola en el medio del campo. Miles de historias la abrumaron, recordó cada relato que le habían contado sobre aquel lugar. La atroz matanza de aborígenes que allí había tenido lugar, las infinitas historias que circulaban por todo el pueblo sobre extrañas situaciones horribles que habían ocurrido en uno de los campos que se encontraba allí cerca. Recordó cada una de esas historias, recordó que muchas personas dicen haber escuchado ruidos, gritos que provenían de la nada, en aquel lugar. ¿Y donde estaba la felicidad que había invadido sus sentidos unos minutos antes? Naufragaba bien lejos, porque era el pánico el que había decidido tomar su lugar. ¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Qué estaba haciendo en ese lugar? ¿Qué era esa especie de niebla que se esparcía por arriba de ese campo en el medio de la nada? ¿Qué era? ¿Por qué allí? ¿Humedad, niebla, polvo? ¿Qué era? ¿Por qué allí? ¿Por qué justo cuando ella estaba allí?
Miedo, pánico, el mismísimo terror invadiendo cada uno de sus sentidos, su piel se transformó, estaba temblando, estaba temblando parada en el medio del campo observando detenidamente esa neblina que tan solo estaba allí, que comenzaba unos metros antes en dónde ella había decidido sumergirse. Se encontraba perdida en el medio de aquella neblina rodeada de aquellos campos recordando aquellas historias. ¿Por qué no había pegado la vuelta antes? No, maldita sea. Cuando divisó la neblina pensó que era por la humedad, pensó que era algo normal. Pero luego recordó cada historia y su mente colapsó. Sin pensarlo, una vez más sin pensar en lo que estaba haciendo… se sumergió entre la neblina traspasándola, prosiguió avanzando en aquel camino, hasta detenerse en el medio de la nada, rodeada de aquella neblina, envuelta en un pánico indescriptible. ¿Cuántas historias de terror que les han contado ocurrieron en el campo? Vamos, es imposible negarlo, a todos nos han contado las más escalofriantes historias de terror que tienen como lugar principal el campo. Y allí estaba ella. ¿Qué rayos le estaba pasando por la cabeza? Era hora de encontrar el límite, era hora de detenerse. Quería ir en busca de alguien que le explique aquella situación, quería que alguien le diga que eso era totalmente normal, pero estaba sola, y no se atrevió a seguir avanzando. La neblina proseguía ahondándose en el siguiente monte que se asomaba a la distancia, monte o como deseen llamarlo.
Esos lugares perdidos en donde las copas de los árboles se unen entre sí formando como un túnel. El miedo le dijo basta, era hora de pegar la vuelta rumbo a su casa. Al girar con la moto regresando por el mismo camino, volvió a traspasar aquella escalofriante neblina, y se topó con ella. Abrió sus ojos lo más que pudo y una vez más la situación la sobrepasó. ¿Por qué tenía que ser luna llena? Una luna enorme, una enorme luna llena se robó el papel principal de aquella escena. Y el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte prediciendo una tormenta. Nada quedaba del bello atardecer porque ya era completamente de noche. Su moto insistía en querer detenerse una y otra vez, pero presionó el acelerador hasta el fondo y no se detuvo hasta divisar las luces del pueblo. El trayecto fue espantoso, las lágrimas comenzaron a rozar sus mejillas, y comenzó a gritar con todas sus fuerzas. Se sintió la persona más anormal del mundo y se culpó una y otra vez por eso. Gritó y lloró desconsoladamente porque sabía que allí nadie la podría escuchar.
Se hizo las mismas preguntas que constantemente divagan en su mente una y otra vez: -¿Por qué soy tan anormal? ¿Por qué no puedo ser como el resto? ¿Por qué soy tan idiota? ¿Por qué soy tan rara? Se odió a si misma y las lágrimas se perdieron en el viento cuando la moto mostró un cuatro en el tablero. Las luces del pueblo, de las cuales había querido marcharse unos minutos antes, esta vez la tranquilizaron, y no se detuvo hasta llegar a su casa. Nadie pudo explicarle con total exactitud que era aquella especie de neblina que merodeaba precisamente sobre esos campos, una niebla baja, que tan solo se posaba sobre el campo, que tan solo obstaculizaba la visión en el camino y en los campos, porque se encontraba sobre el suelo y su altura no sobrepasaba los tres metros, el cielo se podía observar con total perfección, la neblina solo descansaba junto al campo. El hecho la sobrepasó, su día no había sido rojo pero se había teñido de gris, se había teñido de un gris tan oscuro que ya parecía fundirse con el negro. Aún atemorizada por la situación decidió dirigirse en busca del encuentro con su mejor amiga, y aún necesitaba descargar todos aquellos nervios que la habían inducido a dirigirse a aquel campo, una botella de vidrio en sus manos la llevaron nuevamente a perderse por los caminos que se dirigen hacia el cementerio.
Pero una vez más su suerte le jugó en contra, perdió el control de la moto y se estrelló contra una cuneta, una vez más había fallado y se enojó consigo misma por ser tan tonta. Se había caído de la moto en una cuneta en el intento de arrojar aquella botella contra una pared. Nada la detendría, necesitaba descargarse con algo. Buscó un nuevo destino y arrojó con todas sus fuerzas aquella botella estrellándola contra el piso. El impacto de la botella contra el piso, el ruido de los vidrios rompiéndose, la tranquilizó momentáneamente. Pero esto no le bastó para aliviarse. Se sentía nuevamente como en el comienzo de aquella tarde. Al llegar a su casa, su madre le recordó la fecha de aquel día, Viernes Santo, conmemoración de la muerte de Cristo en la cruz según el Cristianismo.
Ella seguía sosteniendo su postura agnóstica, pero el hecho de que justamente le haya ocurrido aquel extraño suceso en el campo ese mismo día la mantuvo horas pensando. Se consoló concluyendo que la neblina se debió a un proceso natural, pero el miedo no quiso marcharse de sus pensamientos. Ella solo quería llegar al sol, ella solo quería cambiar el tono de color de su día, ella solo quería evadir el color rojo. Quizás hubiera sido mejor el rojo antes que aquel color negro que ahora había ocupado su lugar, quizás si hubiera optado desde el comienzo por el rojo la tortura en su mente hubiera sido más leve. Quizás el dolor se hubiera marchado. Seguramente el pánico que ahora sentía no hubiera existido. El día no se tiñó de rojo pero sí traspasó todas las tonalidades del gris, para concluir con el negro. Y ella solo quería llegar hasta el sol… ¿Alguna vez salieron en busca del sol?

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