viernes, 28 de agosto de 2009

"Acaricien los detalles"


Detalles


Es sabido de antemano: cuando yo salgo a caminar por las calles rosarinas sin límites de tiempo, responsabilidades u obligaciones…siempre termino desviando mi rumbo al regresar al departamento.

Parece que lo hago a propósito, y quizás inconscientemente deseo que así sea. Lo cierto es que es un hecho inevitable: siempre termino alargando el camino de vuelta, porque cuando no hay nadie que me guíe, lo que menos hago es prestar atención a los nombres y números de las calles, entonces el camino de vuelta que normalmente debería durar más o menos veinte minutos del centro hacia mi casa, termina durando aproximadamente una hora…

En vez de detenerme a ver por dónde estoy caminando, yo me detengo a contemplar cada lugar de mi agrado que se cruce frente a mis ojos.

La mayoría de las personas pasan a mi lado apuradas, casi corriendo. Espero nunca llevar ese ritmo. No quiero que la vida me atraviese, más bien prefiero atravesarla.

Desde que renací de mi estado de muerte en vida del año pasado, me enamoré profundamente de Rosario, porque aprendí a verla con otros ojos. El año pasado no sabía cuál de las dos ciudades en las cuáles estoy viviendo me gustaba más, pero como me sentía tan mal...siempre quería que llegue el viernes para volverme a Armstrong, aunque mis lágrimas se hacían presentes tanto en una ciudad como en la otra, sentía que en compañía de mis padres el dolor se aliviaba, aunque sea levemente. Los jueves a la noche eran desoladores, y mi soledad me dolía tanto en el alma como en el cuerpo. Llegaba el viernes y lo único que deseaba era llegar a Armstrong, pese a que muy pocas veces lograba moverme de mi casa.

Un amigo me recordó el otro día que muchas veces todo depende del cristal con el cual se mire la vida, y yo sé que tiene razón. El año pasado mi cristal estaba demasiado turbio, y todo se posaba frente a mis ojos en tonos grisáceos. Este año volví a ver la vida contemplando cada uno de sus matices, cada uno de sus colores.

Meses atrás, Rosario tan solo era la ciudad en la cual estaba cursando mi carrera universitaria. Este año ya no me incomoda que las personas llamen “casa” a mi departamento. El año pasado “mi casa” era la de Armstrong, este año tengo dos casas, mi departamento también es mi casa, porque aprendí a sentirme tan cómoda en Rosario como me siento en Armstrong.

En el fondo quizás entiendo a esas personas a las cuáles Rosario les disgusta, pero creo que esas personas no supieron ver más allá, no supieron encontrarse a sí mismas en la ciudad, quizás se quedaron perdidas en el tumulto de la gente, en la inseguridad, quizás se sintieron asfixiados encerrados entre los edificios, los autos, las bocinas y los colectivos…Yo soy consciente de que esas cosas pueden resultar intolerables…

Pero caminar por la calles rosarinas, mirar hacia arriba…y contemplar la arquitectura añeja de muchísimos de los rincones de la ciudad…ya se ha transformado en uno de mis pequeños placeres. Descubrir nuevos negocios en dónde vendan cosas de mi agrado, esas cosas que jamás encontraría en Armstrong, es una de las cosas que más me gusta hacer cuando salgo a caminar perdiéndome en la ciudad. Tener muchas opciones de librerías para conseguir el libro que estoy buscando, es una de las cosas que siempre deseé. Estudiar Psicología en la universidad pública y descubrir que mi visión hacia la vida es compartida por muchas personas más, es una de las mejores cosas que me pasó este año. Es que en los cinco años de mi secundaria jamás pude encontrar personas con las cuáles comparta tantos pensamientos. Cuando me detengo a pensar en lo hermosas que son las relaciones que construí en la facultad, descubro que una de las mejores cosas que nos pueden pasar en la vida es sentir esa única e incomparable “sensación de pertenencia”.

Rosario es más que una peatonal en dónde conseguir cosas que no se consiguen en un pueblo. Rosario esconde espacios culturales en cada uno de sus rincones. Rosario, para mí…es más que una ciudad a la cual vengo a estudiar. Cuando pienso en Rosario pienso en las personas que gracias a ésta ciudad conocí, pienso en esa Rosario under que poco a poco estoy conociendo, pienso en el Centro Cultural de la facultad, pienso en los teatros, pienso en la música independiente, en los cines, en las ferias de artesanías, en las muestras fotográficas, en la feria de ropa retro, en aquellos negocios casi ocultos que esconden pequeños tesoros, en las agradables personas que nos podemos encontrar si sabemos observar con los ojos del alma, pienso en lo maravilloso que es caminar por Oroño, en la infinitud de lugares ideales para fotografiar, en aquellas partes de la ciudad que me traen reminiscencias europeas…como aquellos adoquines que forman parte del Alto Laprida, cerca del majestuoso teatro El Círculo, rodeado de aquellos pequeños y bellos bares. Pienso en la Fluvial, en las infinitas posibilidades de emprender actividades que viviendo aquí se hacen posibles. Pienso en cada uno de los cafés acogedores que descubrí, pienso en el Parque España y en mis cotidianos paseos bordeando el río hasta ese bar de la costanera que tanto amo. Pienso en los museos, en el Parque Independencia. Pienso en tantas cosas que imposible me sería escribirlas a todas, y más sabiendo que día a día mis ojos detallistas descubren más lugares, personas, aromas, sabores, esquinas, regalos, objetos, lugares…personas…

Desde que vi una película de Jean Pierre Jeunet, descubrí que hasta el momento no existe otra película que pueda ir más acorde a mi personalidad, sin dudas se transformó en mi preferida, y ya perdí la cuenta de todas las veces que la vi. Creo que recuerdo cada una de sus escenas, y más de una vez me siento identificada con el personaje principal de la película. “A Amélie le gusta descubrir los detalles que nadie más ve…”, yo creo que descubrir detalles que nadie más (o que muy pocas personas) pueden ver…es algo que realmente se me da muy bien.

Volviendo a mi despiste de hace un rato…lo más divertido de éste es que siempre termino desembocando en el lugar adecuado. Cuando me pasan estas cosas tiendo a caer en la ilusión de una especie de determinismo en mi vida…pero pensándolo bien, creo que más bien se trata de una gran pasión por buscar lugares y personas que me identifiquen.

Anoche me dormí aproximadamente a las seis de la mañana, y me levanté a las ocho. Después de tantos años, volví a recuperar mis ganas de salir con amigas, será porque a ellas no les puedo decir que no, será porque ellas son tan maravillosas tanto por dentro como por fuera que me terminan pudiendo…o será que varias personas me han influenciado últimamente para que recupere las ganas de salir, tomar, y divertirme. Obviamente, sin desbordarme.

Este último tiempo me di cuenta de que no importa tanto al lugar al cual uno acuda, sino más bien la predisposición con la cual uno acuda a ese lugar, aprendí que gracias a compañías agradables, cualquier lugar o salida puede transformarse en un momento único tan solo gracias a esos dos atributos. Y que a veces es más lindo salir, y reírme con mis amigas de la estúpida superficialidad humana que puede inundar una fiesta de una universidad privada, (que no se me malinterprete, se que pueden existir excepciones), que quedarme en casa durmiendo.

Es bueno conocer diferentes ámbitos, pero a ese creo que no volveremos a acudir. Fue mucho más divertido asistir a la fiesta del ingresante de Antropología, fue mucho más divertido que me pinten la cara al llegar allí, fue mucho más agradable conocer personas allí, con las cuáles pude hablar de música y psicología…fue mucho más innovador sentir en pleno invierno la calidez de un fogón inmenso en el patio de la facultad de humanidades que sin dudas, lograba entibiar todo el ambiente.

Esta mañana no quería seguir durmiendo. Dos tazas de café a medias quedaron enfriándose por completo arriba de la mesada de la cocina y todavía permanecen allí. Tampoco tuve ganas de armar la cama, tan solo tuve ganas de salir a respirar el aire de la ciudad, y realmente me importó muy poco el estado de éste…ya que cuando mi cara se tropezó con la calidez de la mañana al salir a la calle, con ese fresquito que todavía no se había transformado en calor, cuando el sol se colaba a través de los edificios iluminando mi sonrisa…me invadió una increíble sensación de felicidad, así que, mi felicidad y yo…salimos a caminar por Rosario sin un rumbo determinado.

Las dos desembocamos en la peatonal, más precisamente en la Librería Técnica. Mi intención era tan solo averiguar sobre un libro que se quiere comprar mi hermanita, pero mi atracción hacia las letras siempre puede más que yo. En el fondo, cuando entré…sabía que no iba a salir de allí sin comprarme un libro para mí, y más habiendo leído la semana pasada una obra tan encantadora como lo fue La Tregua, de Benedetti. Quiero seguir conociendo ese autor, además hacía meses que no tenía unas semanitas para leer cosas que no sean de la facultad. Así que me dirigí al fondo de la librería, con ganas de encontrarme a aquel chico que el año pasado, al ver mi parche de Pink Floyd, me preguntó si me gustaba. Era una pregunta obvia, pero supongo que él esperaba una respuesta más elaborada de mi parte. En aquel entonces mi timidez tan solo me permitió decirle que sí, (¡qué tonta fui!), ahora tengo ganas de que me lo vuelva a preguntar, porque siempre ando en la búsqueda de personas con las cuales hablar sobre todo lo que esa música puede generar en mi interior, pero mi timidez casi nunca me deja acudir a ellas. Resultó ser que éste chico no estaba, así que luego de preguntar sobre unos cuantos libros y no encontrar el que mi hermana quería, me terminé comprando Buzón del Tiempo, del autor ya mencionado.

Todavía era temprano, y no tenía ganas de irme al departamento. El calor del mediodía aún no se hacía presente, así que desvié mi destino hacia la calle Laprida, ya decidida a hacer una parada en alguno de los bares que están en frente de El Círculo.

Hacer feliz a alguien más, es hacerme feliz a mí misma. Puede sonar egoísta, pero en el fondo sabemos que el fin ulterior de brindar felicidad es hacer que ésta vuelva recíprocamente también a nosotros. Cuando se acerca a mí alguna persona pidiéndome algún tipo de ayuda en términos económicos con algún tipo de finalidad, siempre miro sus ojos. Creo que pocas cosas externas en el ser humano pueden resultar tan sinceras como las miradas. Debe ser muy difícil fingir con la mirada, por lo menos a mi no me sale. Los ojos esconden tantas cosas detrás de las pupilas. Los ojos de la señora que se acercó para ofrecerme un chupetín de chocolate para colaborar con una asociación benéfica sin fines de lucro, me demostraron que tres pesos de menos no me afectarían en absoluto, y que quizás a alguien le sirvan más. Aparte, el chupetín de chocolate seguramente a mi hermanita le va a gustar, y ya que no pude conseguirle el libro…

Luego de esa pequeña colaboración, volvió a mi mente un suceso de anoche. Pasó algo extraño en frente de mi edificio y esto me dejó una pequeña culpa interior. Entre las tantas veces en las cuales me movilicé del departamento, no recuerdo exactamente cual…en una de esas veces me detuve unos instantes a observar la escena que se montaba ante mis ojos. Sí, soy una persona extremadamente observadora, pero a veces quisiera dejar a un lado la timidez o la vergüenza para no solo observar sino también actuar, pero de todos modos me conformo sabiendo que es algo que ya está en procesos de cambio. Mi calma interior anoche se vio desbordada en impotencia cuando comencé a oír un llanto desesperado, desconsolado. En el edificio de enfrente, sentada en la vereda…se encontraba una joven llorando frente a los ojos del mundo, con un cigarrillo en la mano. No pude ver su rostro, pero supuse por la forma de sus sollozos que se encontraba muy nerviosa. Lo más triste fue ver como muchas personas pasaban por su lado sin darle importancia al asunto, pasaban a su lado y parecían no verla. Y yo…desde la vereda del frente…sentí un impulso desmesurado por querer acudir a ella. Pero hubo algo que me impidió actuar… ¿cómo podía saber yo si mis palabras podrían haberle servido de algo? ¿Y si tan solo lograba molestarla? ¿Y si ella prefería estar sola y ese era el único lugar que había encontrado para estarlo? Me cuesta mucho brindar mi ayuda cuando siento que quizás más que ayuda pueda resultar un estorbo, una intromisión…pero no puedo dejar de recordar esta escena. Espero volver a verla, reconocerla, y preguntarle si el dolor ya se marchó.

Rosario ya estaba muy despierta a las diez de la mañana, cuando yo me encontraba sentada en el bar, esperando un capuchino, con toda la ansiedad del mundo para comenzar a leer cuando me trajeran mi pedido.

No me molestó en absoluto el ruido de la urbe. Lo que me da cierta pena es que la gente viva tan apurada. Lo cierto es que leer a Benedetti en frente de esa escena de autos y colectivos yendo y viniendo de prisa…fueron dos cosas totalmente afines. Ya que Mario tiene esa sublime capacidad de insertarse en la cotidianeidad para hacerla brillar. ¿Qué importaba si el resto de las personas iban a mil? Yo estaba tan tranquila…serena…calma…sentada en esa bonita mesa, con un libro apoyado en mis piernas, un cigarrillo en mi mano…y un capuchino que, al igual que el café de horas atrás, dejé a la mitad…

Comencé mi recorrido de regreso a casa continuando por Laprida. Entré en un local donde vi un hermoso cuatro de los Beatles y pregunté su precio. Al salir del local se hizo presente otro de mis típicos despistes: en vez de seguir caminando hacia la dirección que me dirigía, prestándole más atención a la llamada telefónica inundada en risas con mi mamá, terminé dirigiéndome hacia el lado del río. Me reí sola de mi tonto error tan incontables veces repetido, y pegué la vuelta.

Lo que aún no comprendo de ningún modo…es cómo fue que desemboqué en la calle Mendoza. Se esfumó completamente de mi conciencia el momento en el cual doblé en alguna esquina…porque sinceramente no lo recuerdo. Pero me dejé llevar por la situación, y seguí caminando por esa misma calle. Siempre pensando: con algo o alguien me encontraré.

Otra vez me topé con una vidriera con cuadros de los Beatles…pero como sabía que no estaba dispuesta a seguir gastando, entré para preguntar el precio de unos imanes de El Principito, Marilyn Monroe, entre otras varias cosas interesantes. Cuando la señora me contestó fríamente que salían dos por quince pesos, le di las gracias e instantáneamente me fugué del local. En la maravillosa feria de artesanías del Barrio Güemes de Córdoba Capital, cuando compré imanes del mismo tamaño y calidad…casi me los regalan.

Al lado de este local fijé mi mirada en otro local en el cual vendían accesorios e indumentaria para bebés y niños. Pero desvié mi mirada hacia delante rápidamente para seguir caminando.

En los pocos pasos que separaban ese local del final de la cuadra…a mi mente se me vino el recuerdo de que aún le tenía que comprar algún presente al futuro bebé de la hermana de Belu…

Me dije a mi misma: “lo compro en Armstrong, así lo anoto en la farmacia”. Pero después de pensarlo tan solo unos segundos, dije para mis adentros: “no, lo quiero comprar yo”, y me dirigí nuevamente hacia el mismo lugar.

Me detuve unos instantes para observar la vidriera…y en unos pocos segundos supe qué era lo que le quería comprar: una especie de cubre medias, en forma de zapatillas, hechos de tela polar, sencillos y tiernos…de color celeste.

Entré al local llamado Rueca, y al hacer el pedido comencé diciendo que quería algún presente pequeño, significativo…para un bebé que aún no había nacido. Me atendió una cálida mujer, que pareció comprender exactamente lo que yo estaba buscando. Cuando le dije que quería aquellos “zapatitos” de tela polar que había visto en vidriera, en ningún momento me ofreció algo más caro, y ella misma me volvió a repetir lo que yo le había dicho: algún pequeño presente…

Ya estaba decidida: los compraría. Ella, envuelta en su simpatía y amabilidad…comenzó a hablarme sobre el tamaño de las bolsitas para poner regalos. Noté inmediatamente que era una mujer muy prolija, ya que le gustaba encontrar el tamaño exacto de bolsita para cada presente.

Antes de irme, ella hizo un giro partiendo del tema de las bolsitas, para decirme que para ella la vida consistía en eso: en los detalles. Me quedé mirándola fijamente…pensando interiormente… ¿habrá leído mis pensamientos?...mis ojos se iluminaron, y ella prosiguió hablando, mientras yo la escuchaba con toda mi atención, me contó que desde que era chica tenía ese pensamiento y que siempre lo había sostenido…hizo una alusión a las personas que lo quieren todo, todo, y supongo que tanto ella como yo, en ese momento, nos sentimos afortunadas por encontrar la felicidad en la simpleza.

Mis ojos ya no solo brillaban, sino que también comenzaron a humedecerse, cuando comencé a decirle que yo pensaba igual, que para mí la vida tiene sentido gracias a esos pequeños detalles que hacen que cada día sea diferente. Esos pequeños detalles que no todos logran ver.

Si no la saludaba en ese momento…temía que mis lágrimas comenzaran a caer repentinamente.

Salí del local y me prometí a mí misma volver a él. Salí del local envuelta en una paz interior tan grande que de repente me sentí en armonía conmigo misma y con todo mi entorno, sentí que más que nunca estaba haciendo brillar mi luz como hacía tiempo no lo sentía.

Me contuve el llanto pero algunas que otras lágrimas lograron atravesar mis mejillas, y disfruté que así haya sido. Me puse a pensar en lo bueno que había resultado ser una vez más alargar el camino de regreso a casa, me puse a pensar en que esa simple conversación había hecho de mi día un día especial, me puse a pensar en lo increíble que es la vida cuando nos ponemos a pensar en las cosas que más importan en ella, en lo maravilloso que puede ser sentirnos vivos.

Y es que precisamente la vida fue el principal motivo por el cual acudí a ese local. La vida, aquel misterio insondable en cuánto a orígenes y finales, aquel misterio que quizás deja de ser tan misterioso cuando nos adentramos en ella, cuando nos damos cuenta de que la felicidad no está al final sino en el camino, cuando nos dejamos envolver por los pequeños detalles.

¿No es una de las cosas más sorprendentes que existen el hecho de tener en nosotros la capacidad de crear? Aún no puedo creer que aquella chica delgada que hace tanto tiempo no veo ya esté a punto de dar a luz una nueva vida. Cuando vi la fotografía de su enorme panza a través del celular…una sobredosis de ternura se hizo presente en mi corazón. Parece ayer que Belu me dio la noticia, y tan solo estamos a un mes…espero que le agrade mi “pequeño detalle”…

¿Por qué no todos pueden ver que las cosas más hermosas de la vida son tan simples que las podemos hallar en todos lados? Cada día tenemos la posibilidad de guardarnos algún pequeño detalle que haga de ese día un día especial. Una sonrisa, una caricia de mamá, un beso de un amor, una conversación con una amistad, una mirada de ternura, unas palabras de sinceridad, una demostración, un perdón, un gracias, un lugar, un encuentro, una flor, un momento, una persona, un sentimiento, un pequeño placer, una sorpresa, un alivio, un logro…tan solo está en cada uno descubrir cuáles serán los pequeños detalles que les darán sentido a la vida, aquellos detalles que la irán moldeando, que nos irán definiendo…que marcarán quienes somos.

Yo no quiero vivir sin los detalles. Yo me alimento de los detalles. Son tan puras, reales y maravillosas las lágrimas de la felicidad…

28-08-09




1 comentario:

  1. Me encanto leer tus nuevos escritos Vaal. Que sensacional tener esas sensaciones, últimamente me pasa con mucha más frecuencia, emocionarme y conmoverme con esos pequeños detalles de los que haces mención. Creo que como decís, un pequeño momento puede convertir a un día más, en un día especial

    ResponderEliminar

Speak to me...