jueves, 28 de enero de 2010

Este calor...

El té con leche se enfría. Ya no son las seis de la mañana, son las nueve y media y comienza a hacer calor. El calor me pone de malhumor. Yo no soy amante de las playas inundadas en gente. Me conformo con una montaña al lado de un río y si es posible que sea invierno. Y si sueño un poco más que sea en Islandia. Que de fondo suene Sigur Rós y que a mi cuello lo abrace una bufanda.
A mi no me gusta tomar sol, a mi me gusta ver las estrellas. Estoy cansada de este pueblo. Tampoco pienso volver a la ciudad para que el tartamudo del piso de arriba salte a mi patio y sin permiso entre a mi cocina volviéndome loca. Para mí que es un psicópata. Pero extraño Rosario. Este calor, este calor. Yo quisiera estar en Europa, bien abrigada…con un café entre mis manos leyendo a Cortázar en París.
El piano que da comienzo a Paranoia y Soledad comienza a oírse. El piano…mi mayor asignatura pendiente abandonada debido a mi carencia de confianza en mí misma producto de mi auto-frustración, y de esos incontables yo-no-puedo, yo-no-puedo. El piano…el sonido del piano para mí simboliza la ternura. El piano junto al violín me hacen llorar, el violín es más nostálgico, es más amigo de la melancolía. La guitarra siempre me sugirió sensualidad, por eso me gusta más que la batería. La batería me gusta para saltar, gritar y enloquecer. Y el bajo…el bajo son puntos suspensivos, el bajo es el suspenso.
“Freud emprendió el segundo paso”, “Ahora bien, Freud halló en las ocurrencias de los enfermos…” Freud. Freud. Siempre Freud. Hoy no tengo ganas de leer a Freud, hoy estoy ansiosa esperando terminar de leer estos apuntes para sumergirme en Dostoievski. Pero este calor…este calor. Si pudiera me iría de Argentina en Noviembre y volvería en Abril. Está sonando mi dosis diaria de Baby, I’m Gonna Leave You y este calor…este calor…