domingo, 14 de marzo de 2010

Ficción y Realidad

Una cosa es comprender un relato y otra muy diferente es sentirse en la piel del personaje. La diferencia radica en la intensidad de las emociones. No es lo mismo el compadecimiento que la identificación, y de eso estuvo segura cuando logró ponerse en la piel de Gregorio Samsa y comprender que el dolor más profundo de éste no había sido convertirse en un insecto sino más bien que lo que más lo atormentaba era el rechazo de las personas que lo habían acompañado durante toda su vida tras verlo convertido en tal.
Solo pudo comprender este suceso cuando después de haber estado durante media hora humedeciendo la almohada y esparciendo cenizas por toda la habitación…se dirigió hacia la puerta sigilosamente para no hacer ruido alguno por querer ver si el resto de su familia se sentía igual que ella. Solo en ese momento logró comprender lo que Samsa sentía cada vez que desde su oscuridad escuchaba las conversaciones familiares mientras él agonizaba. Conversaciones en las que su presencia cada vez quedaba más lejos, conversaciones en las cuáles constataba que su familia incluso se sentiría mejor si dejara de contar con aquel ser detestable en aquella habitación que parecía ser un mundo aparte.
Fue allí cuando escuchó unas voces que nada tenían que ver con las que había escuchado minutos antes. Ya no se escuchaban gritos porque ella ya no les era un estorbo, les había sido fácil dejarla completamente afuera y continuar con su velada conversando en tranquilidad cuando el daño ya estaba hecho, mientras ella se volvía a sentir otra vez como Pinky, detrás de un muro infranqueable, a millones de kilómetros de su familia, con ganas de esparcir su sangre por todas las sábanas, por el suelo, por las paredes, hasta que de su cuerpo ya no quede más nada.
Si Gregorio hubiera continuado en vida, ¿podría alguna vez haber olvidado el rechazo, las palabras como dagas, el espanto y la repulsión que su familia sentía por su existencia? Se preguntaba mientras el cenicero estallaba y el gusto a cigarrillo comenzaba a asquearla. ¿Cómo haría para olvidar esas palabras que minutos antes la habían golpeado mucho más fuerte que la manzana en la espalda de Samsa mientras él se arrastraba presa del dolor? ¿Cómo podría olvidar alguna vez en la vida esas palabras que su padre y su madre comenzaron a echarle como las manzanas del padre de Gregorio? ¡Pero esas palabras dolían más que cualquier manzana putrefacta en el dorso de un cuerpo! Y lo peor de todo es que esas palabras no parecieron haber sido hijas de la ira, más que nada parecieron haber sido pensamientos acumulados durante meses y meses, pensamientos reprimidos hasta tal punto que esta noche lograron ser soltados por completo con todo el odio del momento. No parecían mentiras, parecían verdades absolutas, juicios indubitables productos de un largo proceso de construcción.
¿Cómo harían ahora para volver a mirarla a los ojos? ¿Cómo haría su madre para volver a abrazarla después de esa cachetada, después de gritarle que estaba loca, que era una puta, después de insinuarle que el corazón de su hermana era más puro, después de decirle envidiosa, egocéntrica y desagradecida? ¿Cómo haría su padre para volver a hablarle después de expulsarla a los gritos hacia su habitación, después de decirle que estaba sola, que no tenía amigas, que era un desastre y que era la única culpable de aquella pelea familiar? ¿Cómo haría ella para olvidar esa noche? ¿Cómo haría para volver a encontrar la armonía después de esas palabras? ¿Y si realmente fueran verdades? ¿Y si ellos tenían razón? ¿Y si ella era un desastre? ¿Un estorbo? ¿Y si realmente estaba de más? ¿Cómo se supone que iría a continuar? ¿De dónde sacaría las fuerzas? Nunca en su vida había deseado tanto finalizar trágicamente como el insecto de Kafka como lo deseó en aquel momento.