jueves, 17 de marzo de 2011

Cambios (Ya no es un espejismo)

Aclaración previa: La finalidad de esta entrada es servir de bisagra entre un "antes y después" en mi vida, y de cierto modo también se puede relacionar con mi regreso al mundo blogger. Debido a que es un escrito demasiado personal, me sirve más que nada como guía, como huella de un momento que considero muy importante y que me gustaría dejar plasmado aquí en letras. No se van a encontrar con un relato sorprendente, es más "para mí" que para mis lectores, por ende he decidido desactivar la opción de comentarios. Si alguien quiere opinar al respecto, puede hacerlo en cualquiera de las anteriores o siguientes entradas y sus palabras por supuesto serán bienvenidas.




Mamá dice que este verano, al volver a viajar a Bariloche, tres años después de mi viaje de egresados, fui a recuperar “algo” que en aquel entonces había dejado por aquellas tierras. Me gusta su manera estéticamente bella de plantearlo, más allá de lo absurdo que pueda llegar a ser. Ahora bien, ¿qué fue ese algo?, sin lugar a dudas me respondo: el estado de felicidad constante que me acompañaba en aquel -ya mítico- verano del 2008.
¿Se puede ser feliz, constantemente? No, la felicidad, a mi modo de entenderla, es efímera. Son momentos, son instantes, instantes que quizás pasen a formar parte de nuestra propia “eternidad”, pero que no dejan de ser relámpagos. Lo que sí se puede es alcanzar tal estado de armonía (interna y externa) que permita vivir día a día, alguno de estos instantes de felicidad. A eso apuntaba ayer cuando subí la definición helenística de “ataraxia”. Un estado anímico y a la vez corporal, un equilibrio que no deja de ser dinámico. En una sola palabra: armonía.
Armonía que, a diferencia de los epicúreos, los escépticos y los estoicos…yo no he alcanzado en absoluto reprimiendo deseos o pasiones, ¡por el contrario!, nada más bello que dejar ser tales estados placenteros. Francamente, si hoy existiera el jardín de Epicuro tal y como existió en la Antigüedad, yo sería la primera en ser expulsada, pero me agrada demasiado la palabra “ataraxia” y también la palabra “eudaimonía” como para no usarlas de símiles. Lo que sí quizás haya llevado a cabo es una fortaleza frente a la adversidad…
¿Qué pasó en estos tres años que han acontecido tras mi viaje de egresados? ¿Qué sucedió en aquellos meses del verano del 2008, qué sucedió después y qué está regresando ahora, aunque de diferente forma?
Luego de aquellos meses de constante felicidad que fueron posteriores a uno de los mayores encuentros que tuve conmigo misma en el 2007…yo solita me fui hundiendo poco a poco hasta tocar fondo en una oscuridad que terminó por consumirme por completo, física, mental y emocionalmente hablando. Pero no es momento para hablar de ello. ¿Qué sucedió después? ¿A caso no tuve momentos de felicidad en estos tres años? ¡Pues sí que los he tenido! Y no los desmerezco, como tampoco desmerezco el dolor, estado que me permitió aprender más que ninguno otro en mi vida.
Pero durante los tres años había deseado, había anhelado y llorado sintiendo nostalgia…aquella felicidad, mejor dicho: la intensidad de aquella felicidad que sentí en el 2008. Y tal “intensidad”, aunque de diferente manera, de diferente forma, y amoldada a los cambios que han ido transformando a mi persona en estos años…tan solo pude volver a sentirla, a sentirla esparciéndose en todo mi ser…cuando volví a Bariloche, y en todo el período posterior, e incluso hasta el día de hoy, habiendo pasado ya casi dos meses de mi regreso.
En estos tres años tuve períodos que me hicieron creer que la había recuperado, pero siempre sucedía que no eran más que espejismos. Y ojo, ¡no se vaya a querer creer que volví atrás en el tiempo y que estoy volviendo a vivir lo mismo! De modo alguno es así, hoy soy otra persona (todos los días cambiamos, estamos en constante fluir), hoy es otra mi vida, otro mi entorno…otra mi mentalidad. Simplemente estoy hablando de una sensación, de un estado, que más allá de las diferencias, comparte la semejanza de la forma en dos tiempos distintos de mi vida.
Y pecaría de insincera si dijera que el “cambio” se debió a mi viaje a Bariloche, pero sí puedo asegurar que haber vuelto a viajar a un lugar tan bello (después de dos veranos sin ir demasiado lejos) fue algo que realmente me hizo bien. Pero no…no fue Bariloche el motivo, yo creo que las bases para este cambio ya estaban sentadas, y que allí pude hacer una asimilación y una reestructuración de las piezas que faltaban para terminar de ordenar el rompecabezas de mi vida (que nunca está cerrado, que está abierto al cambio, cuyas piezas nunca terminan de amoldarse completamente pero que sí pueden alcanzar un estado armónico).
¿Por qué Bariloche fue un antes y un después? Porque volví totalmente cambiada. Estuve casi todo enero encerrada leyendo libros ¡y fue un placer!, pero también me di cuenta de que me había convertido en una persona demasiado… ¿elitista intelectualmente hablando?, una persona que creía que estar un sábado a la noche leyendo un libro la hacía mejor que otras personas que están disfrutando en un boliche, una persona con muchos prejuicios absurdos que le impedían expandirse, soltarse…y disfrutar de la misma manera de una noche de lectura hasta el amanecer como de una noche de salir a un boliche, bailar y tomar hasta el amanecer. ¡Sí, señores! He vuelto a bailar después de años, he vuelto a encontrar cierta sencillez que había perdido…y también he vuelto a encontrar la felicidad en sus múltiples formas como en aquel verano…he vuelto a disfrutar intensamente de mis pequeños placeres.
¿Dejé de pensar? ¿Esta no es ya una Valeria que se pasa una noche entera filosofando? ¡Por supuesto que no! Es simplemente…una Valeria que ha vuelto a vivir la vida en sus múltiples matices, que ha vuelto a quererse a sí misma y a recuperar una autoestima que había enterrado en el subsuelo, que ha vuelto a mirarse a un espejo y a sentirse conforme, que ha retomado el ejercicio físico y que se ha animado a presentarse a una materia que venía estirando desde hacía años, que ha alcanzado mayor seguridad en sí misma y que ya puede salir a caminar o andar en bicicleta por las calles de su pueblo sin sentirse paranoica o socio fóbica, que ha vuelto a hablar y a encontrarse con personas que hacía años que no veía (por tonta, por colgada, por miedo al tiempo pasado y a la distancia), que se encuentra rodeada de las personas que necesita para sentirse a gusto con su entorno, que está orgullosa de su modo de ver al mundo, que se alejó de lo que la inferiorizaba y se dio la mano con lo que la apoya, que ha vuelto a dialogar con sus padres, que no quiere irse a dormir porque no le alcanza el tiempo para todas las cosas que quiere hacer, que está motivada para seguir creciendo, aprendiendo, estudiando, viviendo, queriendo, soñando…que ha vuelto a ver el vaso mitad lleno y ya no mira solo la mitad vacía, pero que no se estanca en absoluto, sigue viendo los caminos que quedan por transitar, las metas que quedan por alcanzar, los crecimientos y cambios que le esperan, los golpes que habrá que afrontar con inteligencia, los proyectos por emprender, los obstáculos por enfrentar…
Nietzsche alguna vez escribió una pregunta interesante: “¿Cómo podrías renacer sin antes haber quedado reducido a ceniza?”. Creo que hay que poder ver el “lado oscuro de la luna” para poder volver a brillar junto al sol. Es momento de renacer, de regresar, de crear, de aprender, de compartir, de soñar…y crecer.