sábado, 23 de julio de 2011

Espejos


Una luz muy tenue es la única que habita en la habitación. Una mujer en ropa interior blanca se dirige hacia el espejo. Se mira, se mira fijamente a los ojos y luego se dirige hacia otro espejo, que la refleja completa. En ese instante, se gusta, se disfruta, se habla, se siente. En sus parlantes suena su música preferida. Al día siguiente, la imagen especular le provocará rechazo. Pero en ese momento, disfruta de sí misma, como Narciso amándose frente a las aguas transparentes del estanque. Ese momento es evanescente, es fugaz como una estrella, ese momento morirá en breve, entonces lo retiene, lo contiene en su memoria para intentar volver a alcanzarlo después de los posteriores e incontables desencuentros.

La misma mujer (aún en ropa interior) se sienta a fumar un cigarrillo mientras lee el comienzo de un cuento de Bradbury titulado “La última noche del mundo”. Las primeras líneas rezan lo siguiente: “-¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo?”. Ella sonríe pícaramente tras la bella coincidencia, sabe que si aquella en verdad fuera la última noche del mundo, haría lo que en instantes tiene planeado concretar.

De repente algo cambia en aquella escena. El equilibrio en la imagen comienza a romperse, porque tal armonía se corromperá ante aquella mirada del Otro. Ella lo sabe. Se cubre el cuerpo semi desnudo con un saco largo de corte inglés, y se dirige hacia el ascensor. Se observa en el nuevo espejo que la refleja y aún persiste algo del amor hacia esa imagen, intenta retenerlo, intenta jugarle trampas a su destino.

Pero ahora, nuevamente en la misma habitación, se erige un muro infranqueable. Tal muro es transparente, pero no deja de plasmar efectos en la realidad. Una nueva modalidad del lenguaje se ha instaurado en la escena, un lenguaje impenetrable, una comunicación alterada por aquellas palabras que la mujer debe atenazar con cientos de artilugios para no alterar el nuevo equilibrio, dinámico e inconstante, que se ha impuesto como un nuevo orden desquiciado.

Habita en las penumbras una nueva mirada, y son dos los cuerpos que se miran y entre ellos nace una disimetría, una hiancia que los aparta en una distancia inconmensurable, aunque en efecto se hallen entrelazados en un mismo espacio concreto. Ahora los cuerpos se tocan, se sienten, se desnudan, se besan, se acercan intensamente, se abrazan, se devoran, se muerden, se abalanzan vorazmente el uno sobre el otro e intentan fundirse.

Pero el intento es siempre fallido, porque el muro sigue allí, con cada uno de sus ladrillos en forma de recuerdos que emanan nostalgia. El muro que delimita lo que debe y lo que no debe enunciarse con palabras, el muro que divide dos mundos antagónicos, dos realidades que en breves lapsos intentan amoldarse pero que tras cada nuevo ensayo devienen en una obra caduca. El muro construye una presencia repleta de ausencias.

En la escena ahora hay un espejo, Otro espejo, diferente a los espejos planos mencionados con anterioridad, pero que sin embargo prosigue la misma línea, refleja también, una imagen invertida. Pero este espejo ya no unifica, este espejo solo fragmenta. Ahora la mujer construye su imagen de acuerdo a esa proyección sobre ese nuevo espejo y entonces se convierte en un objeto, ahora la mujer es sólo carne, ahora la habitación es perversa y desde todas las paredes comienzan a nacer miles de cadenas, invisibles como el muro, concretas en efectos como aquel. Son las cadenas de la lujuria, son las cadenas del deseo, son las cadenas del eterno desplazamiento. Las cadenas se deslizan constantemente, unas sobre otras, se deslizan todo el tiempo, amordazando todo lo que tocan, generando un sentido fugaz entre sus huecos. Los cuerpos también, se deslizan en el medio de aquel caos, se tocan nuevamente, juegan a construir presencias en el medio de las perpetuas ausencias, los cuerpos se penetran, y luego yacerán dormidos ante la última pequeña muerte. Pero el muro sigue allí.

Al día siguiente, la misma mujer, en el mismo ascensor, vuelve a observar su imagen proyectada en el espejo del mismo. Ahora sus ojos están cubiertos de lágrimas, ahora se mira y no se encuentra. Está completamente sola, ni siquiera está sola consigo misma. Está sola con la propiamente dicha nada. La imagen se disuelve, la imagen se fragmenta en infinitos pedazos de carne. Mira sus ojos e intenta buscar aquello que se denomina alma, pero esa alma sólo le devuelve punzadas de agujas en el pecho. Ahora su mirada está perdida junto a su imagen, ahora se aleja de los espejos y los espejos mismos la destruirían como al mismísimo Gregor Samsa, ahora se odia y se auto-reprocha, ahora anhela volver a encontrarse con la imagen completa de la noche anterior, ahora comienza una nueva oleada autodestructiva destinada a volver a hallar aquella imagen, aquel amor propio. Ahora solo piensa en su capricho y en su voluntad porfiada, independiente e irracional, que la empuja a sostenerlo. Pero Dostoievski lo sabía, “el diablo sabe lo que cuesta esa voluntad”…

En el medio de las cadenas entrelazadas, en el medio de las presencias ausentes, el muro sigue allí, inabordable.


Valèrie.

jueves, 14 de julio de 2011

Multiformidad Yoica


¿Quién soy? –pregunta filosófica existencial por excelencia.
¿Cuántos yo habitan en esto que soy?
¿Qué parte en esto que soy ocupa mi cuerpo?
¿Qué parte en esto que soy ocupa mi mente?
¿Qué parte en esto que soy ocupan mis sentimientos?
¿Cuánto hay, de los otros, en mí?
¿Qué soy, sin los otros?
Mente, cuerpo, alma.
Yo y mis otros yo.
Los yo que no se ven.
Y lo que no forma parte del yo,
Y lo que exteriorizo en diferentes facetas.
Multifacetas, todos las tenemos.
Pessoa lo sabía,
y Hesse también.
¿Cuándo soy, verdaderamente yo?
¿Existe ese instante, o no es más que una evanescencia?
Ella, yo, ella y yo. Y todas ellas también.
Son infinitas.
Y no todas se ven.
Lo que se ve, y lo que no se ve.
Lo que dejamos ver, lo que ocultamos.
¿Por qué oculto lo que oculto?
¿Por qué muestro lo que muestro?
Sinuoso laberinto, el término personalidad.
¿Qué deseo?
¿A qué responden, mis deseos?
¿Qué hay más allá de ellos?
Este cuerpo que habla por mí,
Esta mente que no cesa de pensar,
Estos sentimientos con los que convivo,
¿Hacia dónde me llevarán?
¿Quién soy, con tantos yo habitándome?
¿Existe alguna esencia o no existe más que el cambio?
La esencia está en el fluir.
¿Qué es exactamente aquello que denominamos alma?
¿Qué determina el mundo de las lágrimas?
¿Por qué se ama a quién se ama,
sin poder elegir a nivel conciente a quien amar?
¿Cuál es la x que no puedo despejar?
Soy una pregunta.
Soy una pregunta retórica,
Que se bifurca en infinitas interrogaciones más.
La existencia posee el estatuto de un enigma.
Pero, ¿quién soy?
¿Y vos?
¿Vos, quién sos?



Valérie.-

Catarsis espontánea,
(Inspirada en los monólogos de Neon Genesis Evangelion)

sábado, 9 de julio de 2011

Just a dreamer

En el punto más oscuro de la noche, un alma sueña. Recorta una pieza del pasado, la anexa a otras piezas del presente, y construye una fantasía en el futuro. Encuentra piezas que nunca han existido más que en su memoria de la imaginación, encuentra piezas tan nítidas que aunque nunca hayan poseído materialidad en la realidad concreta, poseen otro tipo de existencia que de algún insólito modo parece real. Es que lo extraño de los sueños es justamente eso, es la sensación de vivacidad. Y a veces este fenómeno ocurre también en los sueños que uno sueña de despierto…



En el punto más oscuro de la noche, un alma sueña. Porque dicha alma ha aprendido, que los años pueden endurecer el corazón, que los años pueden sembrar frío dónde alguna vez hubo calor, que pueden quebrantar alguno que otro sueño…pero no pueden, jamás de los jamases, corromper aquellas almas que han nacido para soñar hasta el final, no pueden quitarles la potencia de querer hacer esos sueños realidad…


Valèrie