jueves, 24 de mayo de 2012

Un instante de Kairós

Estaba leyendo las “Notas y cuestiones aldeanas” (1990) del antropólogo Luis María Gatti…y de repente, así como por arte de magia…me sumergí tan profundamente en un párrafo mientras Heima sonaba de fondo…me compenetré tanto en las palabras que estaba leyendo…me sentí tan identificada…que las lágrimas comenzaron a brotar y fue una sensación tan evanescente pero tan fuerte a la vez…que cuando quise retenerla ya se había ido, y ya me encontraba racionalizándola. Fue entonces cuando me di cuenta de que no sólo se puede “llorar de la felicidad” sino que también se puede “llorar de la belleza”…¡llorar de tanta pero tanta belleza! 
Comprendo que Heima haya sido un plus fundamental, dado que cada vez que tengo que dar un ejemplo de algo que considero verdaderamente bello, cito a Sigur Rós. 
La sensación, la sensación fue tan intensa…fue como robarle al Kronos un instante de Kairós, ese dios griego del tiempo, definido precisamente por su belleza, ese tiempo que nada tiene que ver con los relojes y que todo tiene que ver con los instantes en los cuáles nos sentimos verdaderamente vivos




 He aquí las palabras de Gatti:

“(...)Ser ‘extranjero’ da muchas ventajas de permisividad e ‘inocencia’; pero éstas se multiplican cuando el otro percibe, siente (hago sentir, potencio) la idea de que yo más otro es siempre mejor si resulta en nosotros. Nosotros pareja, nosotros ‘los de aquí’, nosotros pescadores, nosotros clase, nosotros proyecto, nosotros corriendo tras la utopía ... pero nosotros. (…) 
Sirve para poner en claro, para explicitarme, las frustraciones, los fracasos amorosos, profesionales, éticos ... Los ‘errores’ como maestro, los terrores a ser considerado un ‘maestro’.;. como si uno tuviera en serio algo que enseñar cuando falta todo por aprender. ¿Cómo se hace? ¿Cómo, si a la vez cargo esta desgraciada vocación por enseñar? ¿cómo si a mi me duele igual que a cualquiera el mundo? me duele como a todos la humanidad, la lluvia en el Golfo o sobre los almendros ... No sé mostrar que lo que uno dice es nada más, nada más, que una versión, una entre otras, sólo una más ... que a lo sumo reivindica la intención (¿decía, señor Sociólogo?) de repugnar lo desigual, de huir como de la peste de cualquier relación que implique desigualdad, que suponga una jerarquía constituyente de la relación. Esto es fácil de hacer cuando uno es polo inferior de la relación: hay una tradición (en mi) de oposición al ‘poder’ que me habilita sin problemas para esta situación: he ejercido la ‘contestación’ como hijo, como estudiante niño, adolescente y joven, como militante estudiantil, como estudiante ante profesores reaccionarios, como trabajador de cuello blanco, como colaborador del sindicato, como militante marginal del sindicalismo universitario y asociaciones de profesores. Ergo: no me es difícil oponerme al poder cuando soy el desigual de abajo. Más difícil es oponerse a la desigualdad cuando uno es ‘maestro’, ‘jefe de taller’, ‘coordinador de proyecto’... En Montemorelos conseguí armar un equipo así, que pudo eliminar esta desigualdad por pura prepotencia de trabajo (cito a Roberto Arlt: deberé regalarte sus novelas), a fuerza de abrir juegos, mostrar posibilidades de trabajos apasionantes, de cosas que hacer ... de alimentarnos todos muy bien. Pero estoy convencido de que esa experiencia fue excepcional y no creo que pueda repetirse ... aunque lucho por ello y busco interlocutores con todas mis antenas alertas cada vez que ‘huelo’ un posible ‘ayudante’ (creo que a veces los asusta el énfasis que pongo para convencerlos que vengan a Aldea, ¿cómo deberé hacer, Maestro?) Y por supuesto queda lo más difícil de todo, lo que real-mente pone los laberintos de la ideología al desnudo, lo que nos cuesta sangre de lo que llamo las grietas más profundas: ¿Cómo hacemos para vivir la diferencia? ¿cómo hacemos si, supuesta la anulación de la desigualdad (es mi idea de llegar a Totonacapan), las diferencias hacen, a pesar de todo, imposible la reciprocidad?, ¿cómo traducimos los patrones de reciprocidad si no es incorporándolos, si no es siendo parte del sistema de intercambios recíprocos? ... En Aldea los intercambios parecen ser bastante complicados. Tengo una terrible confusión entre lo que Doña Cande me ofrece y lo que espera de mí. Entre lo que Doña Josefina me facilita y los negocios que espera hacer conmigo (Doña Josefina es mi vecina, dueña de la casa que le rento, contrabandista de las avionetas que llegan ‘cerca de la playa, más al norte’, exfuncionaria de Hacienda, ejerció la ‘acumulación salvaje’ en forma de mordidas mientras controlaba el chalán que, hasta hace nueve años, era paso obligado de Poza Rica a Veracruz, casateniente de Aldea ... gorda, simpatiquísima, una especie de gallina que fuera un ave de rapiña). Los 38 abarrotes, carnicerías, tortillerías, verdulerías, refresquerías, puestos, kioscos, (aquí te debo una clasificación del comercio a pequeña escala: ¡es alucinante!) se disputan mi clientela, me guardan longaniza, me avisan que hoy viene el camión de la coca, que ya pasó el cartero y dejó en casa, que ‘mire qué lindos tomates’, que ‘así que se nos quiere ir de nevado!’, que ‘oiga don Mumo ahí le dejé el pan en la cocina ... como no había nadie ... no?, pos me dije ahí le dejo el pan y le lavé los platos porque me dio pena ... ‘. Y yo me derrito de emoción. El romanticismo, como el tiempo, también es un pájaro de naturaleza vaga.”

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