domingo, 22 de julio de 2012

Das Ding

"Esto es lo que Freud designa cuando nos dice que el objetivo primero y más cercano de la prueba de realidad no es encontrar en la percepción real un objeto que corresponda a lo que el sujeto se representa en ese momento, sino volver a encontrarlo, testimoniarse que está aún presente en la realidad.
El Ding como Fremde, extranjero e incluso hostil a veces, en todo caso como el primer exterior, es aquello en torno a lo cual se organiza todo el andar del sujeto. Sin ninguna duda es un andar de control, de referencia, ¿en relación a qué? –al mundo de sus deseos. Hace la prueba de que algo después de todo, está realmente ahí, que hasta cierto grado, puede servir. ¿Servir para qué? Nada más que para ubicarse en relación a ese mundo de anhelos y de espera, orientado hacia lo que servirá, dada la oportunidad, para alcanzar a das Ding. Este objeto estará allí cuando todas las condiciones estén cumplidas, a fin de cuentas –obviamente, es claro que lo que se trata de encontrar no puede volver a ser encontrado. El objeto está perdido como tal por naturaleza. Nunca será vuelto a encontrar. Esperando algo mejor o peor, alguna cosa está allí, pero esperándolo. 
El mundo freudiano, es decir el de nuestra experiencia, entraña que este objeto, das Ding, en tanto que Otro absoluto del sujeto, es lo que se trata de volver a encontrar. Como mucho se lo vuelve a encontrar como nostalgia. Se vuelven a encontrar sus coordenadas de placer, no el objeto. En este estado de anhelarlo y esperarlo, será buscada, en nombre del principio de placer, la tensión óptima por debajo de la cual ya no hay ni percepción ni esfuerzo." 

Lacan
Seminario 7: La ética del Psicoanálisis, 
Clase IV: "Das Ding", pag 68. Ed. Paidós.

sábado, 21 de julio de 2012

He

Extrañar en el mismísimo instante posterior a la partida es aún efecto de la felicidad inmanente al encuentro. La angustia surge al comenzar inevitablemente a necesitar la presencia al día subsiguiente, cuando tan sólo queda un vacío repleto aún de las memorias de la presencia. Es entonces cuando la soledad no es compañía, es entonces cuando la soledad verdaderamente duele.

viernes, 20 de julio de 2012

te quiero tanto 
que me hace daño 
y si algo pasa 
que nos separe 
serás hermoso.

jueves, 19 de julio de 2012

XI

¿Será una aberración hacia la teoría lacaniana del deseo, plantear que esta curiosidad indestructible que a algunos nos invade, posee un carácter metonímico? 
 Deleuze y Guattari me estimularon hacia este arte de querer jugar con los conceptos… 
Más allá de que tal vez Lacan me repudiaría, yo creo que algo de cierto puede haber en esto, y ando con ganas de añadir a mi edificio-conceptual-pseudo-filosófico el concepto de “curiosidad metonímica” o “la metonimia de la curiosidad”…en relación al sujeto y la pulsión del saber o la investigación… Seguiré puliéndolo en mi mente.

miércoles, 18 de julio de 2012

Into myself

In my field of paper flowers 
And candy clouds of lullaby 
I lie inside myself for hours 
And watch my purple sky fly over me 

I linger in the doorway 
Of alarm clock screaming monsters 
Calling my name 
Let me stay 
Where the wind will whisper to me 
Where the raindrops as they're falling tell a story


In my field of paper flowers 
And candy clouds of lullaby 
I lie inside myself for hours 
And watch my purple sky fly over me 

If you need to leave the world you live in 
Lay your head down and stay a while 
Though you may not remember dreaming 
Something waits for you to breathe again...

martes, 17 de julio de 2012

X

Hace muchísimo tiempo que caigo a diario en la tentativa de relativizar demasiado un concepto muy interesante de Bourdieu, pero día tras día hay una frase que emerge automáticamente en mis pensamientos cada vez que salgo a la calle: “todo es, potencialmente, violencia simbólica”.

lunes, 16 de julio de 2012

Palabras de un gran hombre

Sobre la historia.


"Tampoco me ha parecido que fuera menester ocultar a los simples curiosos nada de las irresoluciones de nuestra ciencia. Estas irresoluciones son nuestra excusa. Mejor aún: a ellas se debe la frescura de nuestros estudios. No sólo tenemos el derecho de reclamar a favor de la historia la indulgencia debida a todos los comienzos. Lo inacabado, si tiende perpetuamente a superarse, tiene para todo espíritu un poco ardiente una seducción que bien vale por la del éxito más cabal. A buen labrador –ha dicho, más o menos Péguy- le gustan las labores y la siembra tanto como la recolección."


Marc Bloch
Introducción a la Historia. 

[Recomiendo investigar sobre la historia de vida de Bloch, las condiciones en las cuáles escribió esta obra y sus modos de concebir a la historia]

viernes, 13 de julio de 2012

Tabaqueria


Noche de viernes, madrugada de sábado, tres y media de la mañana. Mates con azúcar y jengibre; (cuando uno se enamora de un nuevo sabor, intenta añadírselo a todo).
Me enciendo un cigarrillo y comienzo a leer para mis adentros…pero de pronto me veo obligada a dejarlo consumiéndose; porque este es un poema para leer en voz alta:


No soy nada.
Nunca seré nada. 
No puedo querer ser nada. 
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto, 

de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es 
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos, 
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres, 
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres, 
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad. 

Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas 
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada 
desde dentro de mi cabeza, 
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado. 

Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, 
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo. 

Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada. 
El aprendizaje que me impartieron, 
me apeé por la ventana de las traseras de la casa. 
Me fui al campo con grandes proyectos. 
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles, 
y cuando había gente era igual que la otra. 
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar? 
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy? 
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas! 
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento 
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo, 
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno, 
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras. 
No, no creo en mí. 
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí... 

¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo 
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando? 
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas 
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-, 
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos? 
El mundo es para quien nace para conquistarlo 
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón. 
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo, 
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito. 
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla, 
aunque no viva en ella; 
seré siempre el que no ha nacido para eso; 
seré siempre el que tenía cualidades; 
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta 
y cantó la canción del Infinito en un gallinero, 
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado. 
¿Creer en mí? No, ni en nada. 
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente 
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello, 
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga. 
Esclavos cardíacos de las estrellas, 
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama; 
pero nos despertamos y es opaco, 
nos levantamos y es ajeno, 
salimos de casa y es la tierra entera, 
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña, come chocolatinas! 

Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería. 
¡Come, pequeña sucia, come! 
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño, 

lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré 

la caligrafía rápida de estos versos, 
pórtico partido hacia lo Imposible. 
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas, 
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro la ropa sucia que soy,
sin un papel, para el transcurrir de las cosas, y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas, 

o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva, 
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta, 
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada, 
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana, 
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres, 
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-, 
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire! 
Mi corazón es un cubo vaciado. 
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, 
me invoco a mí mismo y no encuentro nada. 
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad, 
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan, 
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan, 
veo a los perros que también existen, 
y todo esto me pesa como una condena al destierro, 
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído, 

y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo. 
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira, 
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído 
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso); 
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo 
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía, 

y lo que podía hacer de mí no lo he hecho. 
El disfraz que me puse estaba equivocado. 
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí. 
Cuando quise quitarme el antifaz, lo tenía pegado a la cara. 
Cuando me lo quité y me miré en el espejo, 
ya había envejecido. 
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado. 
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario 
como un perro tolerado por la gerencia 
por ser inofensivo 
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles, 

ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho, 
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente, 
pisoteando la conciencia de estar existiendo 
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.

Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta, 
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal. 
Morirá él y moriré yo. 
Él dejará la muestra y yo dejaré versos. 
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también. 
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra, 
y la lengua en que fueron escritos los versos, 
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto. 
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente 
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras, 
siempre una cosa enfrente de la otra, 
siempre una cosa tan inútil como la otra, 
siempre lo imposible tan estúpido como lo real, 
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie, siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?), 

y la realidad plausible cae de repente encima de mí. 
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano, 
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario. 
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos. 
Sigo al humo como a una ruta propia, y disfruto, 
en un momento sensitivo y competente, 
la liberación de todas las especulaciones 
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla 

y continúo fumando. 
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando. 
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.) 
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?). 

Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica. 
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto. 
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo 
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.




Pessoa
¿Quién otro podía ser?


...suspiro, y ahora sí, una bocanada.

jueves, 12 de julio de 2012

miércoles, 11 de julio de 2012

Sabores

Mi oasis en el medio del desierto de la gripe...


sábado, 7 de julio de 2012

Sobre la lectura (fragmento)


"Una vez leída la última página, el libro estaba acabado. Había que frenar la loca carrera de los ojos y de la voz que los seguía en silencio, deteniéndose únicamente para volver a tomar aliento con un profundo suspiro. Entonces, para conseguir con otros movimientos calmar los tumultos desencadenados en mí desde hacía tanto tiempo, me levantaba, me ponía a andar a lo largo de la cama, con los ojos todavía fijos en algún punto que en vano hubiéramos buscado dentro de la habitación o fuera de ella pues estaba situado a una distancia anímica, una de esas distancias que no se miden por metros o por leguas, como las demás, y que es por otra parte imposible confundir con ellas cuando se mira a los ojos "perdidos" de aquellos que están pensando "en otra cosa". Entonces, ¿qué es lo que pasaba? ¿Aquel libro no significaba nada más? Aquellos seres a los que habíamos prestado más atención y ternura que a las personas de carne y hueso, no atreviéndonos nunca a confesar hasta qué punto los amábamos, e incluso cuando nuestros padres nos sorprendían leyendo y parecían reírse de nuestra emoción, cenando el libro con una indiferencia afectada o un aburrimiento fingido; aquellas personas por las que habíamos temblado de emoción y sollozado, no volveríamos a verlas, no volveríamos a saber ya nada de ellas ... Nos hubiera gustado tanto que el libro continuara y, en el caso de que esto fuera imposible, saber alguna cosa más de todos aquellos personajes, conocer algo de sus vidas, emplear la nuestra en cosas que no fuesen tan ajenas al amor que nos habían inspirado y cuyo objeto de pronto nos faltaba, no haber amado en vano, durante una hora, a unos seres que mañana no serían más que un nombre sobre una página olvidada, en un libro sin relación con la vida y sobre cuyo valor nos habíamos equivocado completamente puesto que su función aquí en la tierra, ahora lo comprendíamos y nuestros padres nos lo hubieran hecho saber, si hubiera sido preciso, con una frase desdeñosa, no era en absoluto, como habíamos creído, la de contener el universo y el destino, sino la de ocupar un lugar bastante limitado en la biblioteca...
Y es ésta, efectivamente, una de las grandes y maravillosas cualidades de los bellos libros (y que nos hará comprender el papel a la vez esencial y limitado que la lectura puede desempeñar en nuestra vida espiritual) algo que para el autor podría llamarse "Conclusiones" y para el lector "Incitaciones". Somos conscientes de que nuestra sabiduría empieza donde la del autor termina, y quisiéramos que nos diera respuestas cuando todo lo que puede hacer por nosotros es excitar nuestros deseos. Y esos deseos, él no puede despertárnoslos más que haciéndonos contemplar la suprema belleza que el último esfuerzo de su arte le ha permitido alcanzar. Pero por una singular ley, providencial por añadidura, de la óptica de la mente (ley que significa tal vez que no podemos recibir la verdad de nadie y que debemos crearla nosotros mismos), aquello que es el término de su sabiduría no se nos presenta más que como el comienzo de la nuestra, de manera que cuando ya nos han dicho todo lo que podían decirnos surge en nosotros la sospecha de que todavía no nos han dicho nada. Por lo demás, si les planteamos cuestiones que no pueden resolver, les estamos pidiendo también respuestas que no nos aclararían nada. Pues no es más que una consecuencia del amor que los poetas despiertan en nosotros por lo que concedemos una importancia literal o cosas que no son para ellos más que la expresión de emociones personales…
Tal es el valor de la lectura y ésta es también su insuficiencia. Es conceder un papel demasiado grande, a lo que no es más que una iniciación, erigirla en disciplina. La lectura se encuentra en el umbral de la vida espiritual; puede introducirnos en ella; pero no la constituye…
Mientras la lectura sea para nosotros la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro interior la puerta de estancias a las que no hubiéramos sabido llegar solos, su papel en nuestra vida es saludable…
Sin duda, la amistad, la amistad que con respecto a los individuos es algo frívolo, y la lectura es una amistad. Pero al menos es una amistad sincera, y el hecho de que se profese a un muerto, a un ausente, le da algo de desinteresado, algo casi conmovedor. Se trata además de una amistad desprovista de todo aquello que afea las demás amistades. Como en el fondo todos nosotros, los vivos, no somos más que muertos que todavía no hemos entrado en funciones, todos esos cumplidos, todas esas reverencias en el vestíbulo que llamamos deferencia, gratitud, afecto, con las que mezclamos tantas mentiras, son inútiles y fastidiosas. Más aún –desde las primeras relaciones de simpatía, de admiración, de agradecimiento–, las primeras palabras que pronunciamos, las primeras cartas que escribimos, tejen a nuestro alrededor los primeros hilos de un entramado de hábitos, de una manera de comportarnos, de los que ya no podremos desembarazarnos en las amistades siguientes; sin contar que durante todo ese tiempo las palabras excesivas que hayamos pronunciado permanecen como letras de cambio que deberemos pagar, o que pagaremos más caro todavía con toda una vida de remordimientos el haber dejado protestarlas. En la lectura, la amistad a menudo nos devuelve su primitiva pureza. Con los libros, no hay amabilidad que valga. Con estos amigos, si pasamos la velada en su compañía, es porque realmente nos apetece. A menudo tener que dejarlos contra nuestra voluntad. Y una vez nos hemos ido, ni sombra de esos pensamientos que echan a perder la amistad: ¿Qué habrán pensado de nosotros? –¿No habremos estado faltos de tacto? –¿Hemos gustado?, y el miedo a que prefieran a cualquier otro. Todos estos sobresaltos de la amistad desaparecen en el umbral mismo de esta amistad pura y tranquila que es la lectura ... cuando nos aburre, no nos preocupa parecer aburridos, y cuando estamos definitivamente cansados de su compañía, le devolvemos a su sitio sin miramientos ... La atmósfera de esta amistad pura es el silencio, más puro que la palabra. Pues solemos hablar para los demás, y en cambio nos callamos cuando estamos con nosotros mismos. Además el silencio no lleva, como la palabra, la marca de nuestros defectos, de nuestros fingimientos. El silencio es puro, es realmente una atmósfera. Entre el pensamiento del autor y el nuestro no interpone esos elementos irreductibles, refractarios al pensamiento, de nuestros diferentes egoísmos. El lenguaje mismo del libro es puro (si el libro merece este nombre), transparente merced al pensamiento del autor que le ha aligerado de todo lo accesorio hasta conseguir su imagen fiel; cada frase, en el fondo, se parece a las otras, pues todas son pronunciadas con la misma inflexión de una personalidad; de ahí esa especie de continuidad, que las relaciones de la vida y aquellos elementos extraños que se mezclan con el pensamiento excluyen, permitiendo enseguida seguir la línea misma del pensamiento del autor, los rasgos de su fisonomía que se reflejan en este sereno espejo. 
A veces nos encontramos a gusto en su compañía sin necesidad de que sean admirables, pues supone un gran placer para el espíritu contemplar estas pinturas profundas y profesarles una amistad sin egoísmo, sin frases hechas, desinteresada…" 


 Marcel Proust

viernes, 6 de julio de 2012

Wo Es war, soll Ich werden

"El taller de Picasso"
Lacan, Pierre Reverdy, Picasso, Simone de Beauvoir, Sartre, Albert Camus, Michel Leiris y Jean Aubier.
(16 de junio de 1940)


"Ese yo (je), en efecto, que debe advenir dónde eso estaba y que el análisis nos enseña a medir, no es otra cosa más que aquello cuya raíz ya tenemos en ese yo que se interroga sobre lo que quiere. No sólo es interrogado, sino que cuando avanza en su experiencia, se hace esta pregunta y se la hace precisamente en relación a los imperativos a menudo extraños, paradójicos, crueles, que le son propuestos por su experiencia mórbida. ¿Se someterá o no a ese deber que siente en él mismo como extraño, más allá, en segundo grado? ¿Debe o no debe someterse al imperativo del superyó, paradójico, mórbido, semiinconsciente y que, por lo demás, se revela cada vez más en su instancia a medida que progresa el descubrimiento analítico y que el paciente ve que se comprometió en su vía? Su verdadero deber, si puedo expresarme de este modo, ¿no es acaso ir contra ese imperativo?"
Jacques Lacan
Seminario 7, La Ética del Psicoanálisis
Clase 1: Nuestro Programa, página 16. Paidós.