viernes, 28 de junio de 2013

Confesiones de invierno

Yo quería ser escritora. Era mi sueño, desde quinto año de la secundaria. ¿Lo sigue siendo? Yo quería, yo soñaba…tal vez yo soñaba demasiado. Tal vez yo sólo sabía construir castillos en el aire, tal vez mis pies no estaban sobre la tierra. Lo que ocurre es que uno puede en menos de dos años madurar de golpe por todo lo que no ha madurado en el resto de su vida. Y ojo, porque madurar no implica volverse frío, no implica ajustarse al sistema, simplemente implica, poner los pies sobre la tierra. Pero antes, yo tenía tiempo y todo lo que hacía era soñar. Yo creo que en el fondo sigo siendo la misma soñadora, pero me extraño tanto, extraño tanto a esa Valeria que jugaba a ser como Amélie. ¿Por qué la vida tuvo que volverse tan complicada? ¿Por qué el tiempo para los pequeños placeres cada vez es más reducido? Yo aprendo de cada golpe, yo me fortalecí y me fortalezco con cada caída, pero me sigo extrañando, me sigo extrañando día tras día cuando luego de levantarme a las seis de la mañana, camino hacia mi actual lugar de trabajo, paso por un bar añejo, leo el cartel “desayuno de campo” y sé que años atrás hubiera entrado a leer literatura extra-académica hasta la hora en que yo quiera. Extraño tanto esa libertad, extraño tanto recorrer Rosario con los ojos de una soñadora sacando fotografías en cada lugar que me parezca digno de encanto, ¡y pensar que ahora estoy sin cámara, haciendo malabares para lograr comprarme una nueva! Y pensar que recorro esta nueva Rosario que hoy ven mis ojos como una segunda ciudad de la furia, con más rencor que alegría. ¿Dónde quedó todo aquel arte que existía en mi vida? Mi único arte es el de tratar de vivir día a día dignamente. Y tiene sus estratagemas, realmente…no lo menosprecio, hago de esta lucha un arte. Pero mis piernas y mi mente terminan al final del día tan cansadas que no existe en mi vida actual el tiempo necesario para recuperar alguna otra forma de arte. 
Yo quería ser escritora. Cuando empecé a estudiar Psicología creí que las lecturas me impulsarían a fomentar este primer deseo. Hace dos años que no logro escribir un texto que logre convencerme. Cada vez que me siento frente al teclado con una idea creativa en mente, la misma termina completamente abolida por el racionalismo y los tecnicismos propios de los textos académicos que han pasado a constituir mi única fuente de lectura. He reducido notablemente mis aportes literarios y la presión económica es tal que prefiero adelantar mi recibida a sentarme en un bar a leer por puro placer. Amo estudiar, pero deduzco que la facultad ha anulado mi creatividad aplastando mi espontaneidad, ¡y yo sé que en algún lado tiene que seguir escondida! 
Yo quería ser escritora. Pero el año pasado se me ocurrió empezar a estudiar Filosofía, y me olvidé que también quería ser fotógrafa, y me olvidé que alguna vez sentí en mí el talento para ser escritora. Y este año, ¿qué es esto que soy? Por supuesto, siempre sostuve junto a Wilde: “definir es limitar”, pero es que en este momento tan sólo veo, precisamente, los límites. Los límites de la realidad material. Entonces, hoy, tan sólo soy una estudiante de Psicología, tan sólo soy una trabajadora, una “acompañante terapéutica”, ex pseudo-moza. Veo frente a mis ojos mis calificaciones, la lista de dieces en la libreta, los parciales aprobados con nueve, nueve cincuenta…veo el esfuerzo, el sacrificio que hice para estudiar en colas y asientos de hospitales públicos, en la eterna espera…en colectivos de línea de velocidad de tortuga…admiro mi sacrificio, no menosprecio mi lucha…pero me extraño tanto. 
Yo quería ser escritora. Por ello abrí este blog. Pero un día desperté y ya no tenía Internet, tan sólo una deuda de $600 y un cartel anunciando el corte del servicio. Yo siempre escribí en una computadora, esta llamada vida postmoderna me llevó a perder la capacidad para escribir en papel. Otro día desperté y ya no sólo Internet, sino también mi computadora había muerto. Fue entonces cuando me recordé a mí misma las palabras de Tolkien, no importa lo que ocurra, “mientras haya vida, hay esperanza”. Esas fueron las palabras que siempre me permitieron seguir soñando con “él”, mi él, mi único él. Siempre creí que, mientras estuviéramos vivos, existía la posibilidad de volver a estar verdaderamente juntos. Y hoy estoy escribiendo en una computadora gracias a él, y estoy publicando estas palabras sacando Internet de vaya a saber dónde, también, gracias a él. Son sólo dos cuestiones meramente materiales, absolutamente secundarias. Pero si hay algo, mejor dicho, alguien, que constituye mi único puente entre aquello que tanto extraño de mí y esto que hoy soy, ese algo es este amor, ese alguien es el único hombre al cuál aprendí realmente a amar incondicionalmente en esta vida. Porque en este último año y medio pude haber resignado muchas cosas por quedarme limitada frente a ellas, aprendí a no quejarme y a conducirme con una voluntad digna de llamarse estoica…pero si hubo algo que jamás pude resignar fue aquel sueño que juntos construimos seis años atrás. Si hay una lucha que hoy considero ganada es haber logrado reconstruir esta relación, y voy a seguir considerando mi lucha ganada aunque el futuro vuelva a separarnos, porque esta segunda oportunidad es para mí un regalo eterno. Pensar que hace de marzo que su presencia, de diversos modos, forma parte de cada uno de mis días y aún no hemos tenido el tiempo de disfrutarnos plenamente. 
Yo quería ser escritora, seis años atrás, justamente cuando lo conocí a él. Pensar que en aquel momento él escribió un cuento…o una fantasía que como tal tenía fecha a futuro (octubre del 2023 para ser más exacta). En dicho relato yo era una escritora reconocida, él era un pianista. Bien, faltan unos diez años para ver qué ocurre en esa tarde que él describió en un campo repleto de flores…pero tal vez ya no importa si no llego a ser esa escritora, tal vez ya no importa si él no llega a ser ese pianista…en el fondo seguiré soñando con serlo y tal vez algún día publique algún libro…quién sabe…pero hoy, hoy todo lo que importa es abandonar estas líneas momentáneamente, publicarlas antes de considerarlas material digno de desecho…y esperarlo hasta medianoche para verlo abrir la puerta de mi departamento con su llave propia…luego de su regreso a la ciudad después de su tarde de jornada laboral…luego de la semana más cansadora de mi vida en términos también laborales…y disfrutarnos juntos en esta fría noche de invierno, pese al cansancio físico y mental, pese a que ya no somos aquellos adolescentes de ayer…pese a los cambios que atravesamos durante todos estos años…porque hay sueños a los cuáles uno debe concederse el derecho de jamás de los jamases renunciar.