domingo, 24 de agosto de 2014

Reflexiones Prácticas sobre Comunidad Rebelde

“Aquello que marca la diferencia entre la caridad y la solidaridad es el lazo” 

Allá por agosto de un movedizo 1960 estaba Ernesto Guevara dando un discurso en la Habana destinado a construir una medicina revolucionaria. En el fluir de sus palabras delimitó una clara diferencia entre los conceptos operativos de caridad y solidaridad, cuyos efectos a nivel pragmático pueden llegar a ser incluso contradictorios e irreconciliables. 
Desde la caridad, se dirigiría uno al pueblo oprimido queriendo llevarles un saber con pretensiones de “iluminar” alguna presuntiva “ignorancia” en pos de “transmitirles” la “buena ciencia”. En la pedagogía, esto se concilia cabalmente con la educación bancaria descrita por Freire, educación que está (consciente o inconscientemente, explícita o implícitamente) al servicio de la ideología dominante. Se trata entonces de un saber cuyos efectos de poder producen la permanencia del statu quo, en dónde las diferencias se transforman en desigualdades. En las acciones cotidianas a nivel micro-político, podemos pesquisar la caridad en aquel típico discurso burgués que bajo la consigna de “ayudar a la pobre gente” se traduce en prácticas de dar aquello que nos sobra, aquel resto o desperdicio que se rebalsa de nuestro placard o que ya no está a la moda, aquella comida que ya no nos entra en nuestro estómago consumista, aquella moneda que no nos sirve ni para pagar el bondi. Doy lo que me chorrea, doy lo que se derrama de toda la basura que me sobra. Estas prácticas se definen también por ser típicamente individualistas, por no ir más allá de acciones aisladas por parte de sujetos dispersos. En la lógica de la caridad el otro, el semejante, queda así objetivado, y se convierte también en un resto/residuo que cuanto antes desaparezca de los ojos del “buen ciudadano caritativo”; más lindo, verde y ordenado se verá su jardín. Muy sencillo: ropa sucia, afuera.
Desde la mirada de un Psicoanálisis crítico, puede plantearse que este resto expulsado del sistema retorna e irrumpe insistiendo una y otra vez, haciendo ruido en la estructura. En cierto punto todo lo escondido debajo de la alfombra estalla y cuando hasta la escoba ha volado por la ventana, el resto empieza a manifestarse en formas que ya no agradan demasiado a la mirada de la buena doña caritativa. Pucha, parece ser que los vecinos a veces se cansan de denunciar legalmente sin ser escuchados y deciden accionar directamente. 
Por eso la mirada aguda de Ernestito, alias “el Che”, supo captar y demarcar tan lúcidamente la diferencia entre este tipo de prácticas caritativas para superarlas apelando a la práctica de la solidaridad. Desde esta lógica el pueblo oprimido es fuente de sabiduría, se hace uno consciente de que forma parte de la misma estructura y de que no es ningún sabio que vendría desde afuera a aportar coherencia dentro de un supuesto desorden. Las prácticas solidarias se construyen colectivamente y se concilian en el plano pedagógico con la educación liberadora cuyo fin explícito es la transformación de las condiciones existentes, la lucha concreta contra la ideología dominante y sus efectos de poder, la construcción de subjetividades críticas, la alfabetización política. En esta lógica vale el enunciado gestáltico del “todo como mayor que la suma de las partes” porque las estrategias micro-políticas no son individuales ni dispersas sino que intentan operar erigiendo desde la verdadera dialogicidad y la honesta humildad aquello que podría pensarse como definitorio de la naturaleza de la solidaridad: la construcción de lazos. Que es una construcción porque forma parte de un proceso paulatino y gradual que se gesta históricamente contra viento y marea, poniendo el cuerpo, el alma y la mente; que no se genera de un día para el otro sino que implica un compromiso, una constancia, una perseverancia esperanzadora, una responsabilidad y mucha prudencia. Es una construcción porque implica una unidad de praxis entre la reflexión y la acción, superando el espontaneísmo del mero accionar y el verbalismo o palabrerío del mero divague teórico. En la lógica solidaria soy junto al otro, a través del otro, y tanto más soy cuanto más lo incluyo, lo escucho, lo comprendo, cuanto más construyo, ladrillo por ladrillo, palet por palet, taller por taller, debate por debate, mi conocimiento junto al conocimiento del otro en un enriquecimiento mutuo. Transformación colectiva, a corto y largo plazo, serruchando real y simbólicamente las maderas de las redes de poder opresor para reconstruir desde los cimientos un espacio compartido. Porque “la mejor manera de decir es hacer” pero todo lo que se hace se hace desde cierta posición en el decir. De-construcción: derribar los muros del narco para construir lazos desde los escombros
A raíz de estas consideraciones, concibo la unidad dialécticamente indisociable entre las nociones/prácticas de solidaridad y de construcción de lazos, imbricadas ambas en una praxis transformadora de las condiciones materiales de existencia y de la ideología dominante, reteniendo a la vez las contradicciones y tensiones inherentes al interior de dicha unidad. La solidaridad opera así como la nueva arma de la cual nos hablaba el comandante. El lazo opera de esta manera como el elemento diferenciador entre la caridad y la solidaridad. El lazo solidario es el esqueleto interno que sostiene, mantiene y cohesiona, esperanzada y estoicamente, el conjunto colectivo de las singularidades implicadas en la lucha. 
Comunidad Rebelde deviene así proyecto transformador de cada una de las subjetividades que la conforman y trasciende así sus efectos presentes para seguir mirando y construyendo lazos desde el aquí y ahora hacia el futuro… 


 V.