jueves, 29 de enero de 2015

miércoles, 28 de enero de 2015

ÉL


Definitivamente, Damien Rice es de lo mejor que me pasó en la vida. Ocho años de espera valieron la pena, el último disco es un tesoro de principio a final. Aún no logro procesar las mutaciones que ha experimentado, todas sumamente enriquecedoras. Este irlandés no para de sorprenderme...es una verdadera joya musical.

lunes, 19 de enero de 2015

Sobre Iruya & Seyðisfjörður mediante Sigur Rós...







Hay frases que alguna vez leímos en algún libro perdido que tal vez jamás terminamos ni terminaremos de leer, pero del cuál dichas frases más que el libro como tal, nos han marcado. Hay una que leí hace años por algún lado: “acaricien los detalles”. La frase me identificó, y a su vez sirvió de disparadora para hacerme consciente de lo que significa la magia de vivir, precisamente…acariciando los detalles. 
Cuando conocí a Sigur Rós mi modo de percibir sufrió el mayor enriquecimiento de mi vida. Cuando descubrí a Sigur Rós ya no necesité demasiadas palabras para definir a la belleza; porque encontré en su estética todos los componentes que, desde mi visión del mundo, definen el concepto de lo bello, y también de lo sublime. Y creo que, en gran parte, esto se debe a que estos mágicos elfos islandeses saben muy pero muy bien cómo cuidar artísticamente de cada uno de los detalles. También soy consciente de que, cinco años atrás, sin lecturas antropológicas de por medio, cometí el error de caer en una completa idealización de Islandia y de su gente. ¿Pero cómo podría haber sido de otra manera tras semejante impacto, tras semejante coincidencia entre lo que encontré sin querer y lo que deseaba encontrar a nivel latente? ¡Mi relación con Sigur Rós es de las relaciones más platónicas de mi vida!
Para estas mismas fechas, hace dos años atrás…tuve algo así como una gran revelación. Me encontraba viajando arriba de un colectivo viejito que a los tumbos iba recorriendo quebradas, mi vista se paseaba por enormes acantilados a través de caminos largos y llenos de curvas pronunciadas. Mis ojos divisaban tonos de colores que iban desde el gris de la roca de las montañas, el verde de la vegetación, pasando por el morado, el violeta, el amarillo. El colectivo tardó tres horas y unos quince minutos en arribar a su destino. La distancia era corta, pero atravesando los vaivenes del río Colanzulí la parada final parecía muy lejana, y a medida que avanzábamos…la sensación interior se asemejaba a la de estar llegando a alguna tierra lejana, a alguna especie de mundo de fantasía, con algún matiz tolkiano. Hay quienes dicen que la impresión es estar llegando a un pueblo “colgado en la montaña” y creo que están en lo cierto. Hay quien dice que en verdad este lugar se parece a una isla, por estar rodeado del río antedicho y del Milmahuasi. Ya era la nochecita, habrán sido alrededor de las ocho de la noche y las primeras imágenes que percibí al notar que nos acercábamos a nuestro destino se grabaron en mi memoria de una manera tan indeleble que al día de hoy, al cerrar los ojos, puedo sentir vívidamente la emoción que me invadió por completo. Ahí estaba la pequeña iglesia, ahí estaban las lucecitas encendidas iluminando las pequeñas callejuelas angostas y empedradas. Un paisaje montañoso e imponente, que se rehúsa a ser atravesado con combustibles y se presta al desafío de recorrerlo a pecho y pulmón. 
Amor a primera vista, un flechazo directo al corazón, así se sintió llegar por fin a Iruya y descubrir casi con lágrimas de felicidad que mi país posee un pueblo salteño que me genera la misma magia que la música de Sigur Rós y los paisajes islandeses. La analogía geográfica es meramente estética, pero la sensación emocional fue idéntica, porque verdaderamente lo que mis ojos veían me llevaban directo a las fotografías tomadas mientras Sigur Rós filmaba dos canciones en un pequeño poblado de su país natal: Seyðisfjörður, en las afueras de una iglesia, para armar el documental Heima. El conjunto de percepciones, sensaciones y sentimientos que experimenté al llegar a Iruya y conocer Islandia gracias a esta banda podrían denominarse paisajes emocionales. Descubrí que “mi lugarcito en el mundo” podía estar más cerca de lo que yo soñaba, y ya no voy a necesitar aprender otro idioma para soñar con un posible lugar en dónde desear vivir en un futuro tal vez no tan lejano… 
Y aunque mi realidad concreta del día de hoy no me permita saber con certeza cuando volveré a recorrer mi amada Iruya, soñarla con tanta nostalgia me hace anhelarla con mayor emoción y alegrarme de antemano pensando que cuando menos lo espere, mis pies volverán a pisar esa bellísima tierra argentina que me trae tantas reminiscencias islandesas…












[Dato extra que escribo por puro regocijo personal: hace dos años que estoy intentando dar con los videos de Sigur Rós que coincidan exactamente con las fotografías que subí por ahí arriba y que tenía grabadas en mente desde que llegué esa tarde a Iruya. Hoy me tomé gran parte del día para resolver el enigma: ¿cómo podía ser que, siendo que las fotografías formaban parte del tour de Heima, yo no encontrara esa iglesia y esas lindas lucecitas en el documental? Investigando caí en la cuenta de que las imágenes habían sido tomadas el día once de la gira, el 3 de agosto del 2006, particularmente en la zona islandesa de la región de Austurland. Hay dos canciones que fueron filmadas en Seyðisfjörðu: Hoppipolla y Popplagið, tal vez en distintas partes del poblado, pero sí en el mismo día porque la banda está con Amiina y la ropa que usan en ambos videos y en las fotografías es la misma. ¡Sólo que la iglesia y las lucecitas sólo se ven hacia el final de Popplagið alrededor del minuto once en el video! Y después está Vaka, filmada como protesta en la misma zona pero en las cercanías de la central hidroeléctrica de Kárahnjúkar. Es medianoche y recién ahora doy con mi “detalle” del día. ¡Qué obsesiva incurable! Y orgullosa de ello. En fin, hoy fue un día de investigar mucho mucho sobre Heima, y de regocijarme con mi amada banda de elfos…]

sábado, 10 de enero de 2015

Reflexión


No puedo ni nunca podré, seguir una línea recta. Las líneas rectas sólo tienen un único final: la muerte. La línea recta huele a este sistema putrefacto, a hastío y aburrimiento. No puedo ni nunca podré recorrer trayectorias con tiempos predeterminados, con segmentos perfectamente delimitados. Al diablo con el puto sueño americano. Mi escuela es mi vida. Mi sentido del tiempo es mucho más aquel que me dicta mi alma que aquel que marcan los relojes. Maldito sea el tiempo inerte, tiempo monocromático, tiempo cronometrado por los poderes de turno. Mis relojes son de arena, de arena multicolor danzando por el viento. Mis tiempos son el kairós y el aión de los griegos. Tengo ganas de resucitar a Walter Benjamin y abrazarlo bien fuerte porque él me entendería. Mi vida es un camino en zigzag. A veces sinuoso y frondoso, otras veces soleado y tan lúcidamente claro. Mi sentido de la orientación espacial suele ser tan irracional como emocional. A veces vivo un año en un orgasmo. Hubo veces en que mi mente madureció más que mi cuerpo. No puedo ni nunca podré finalizar un recorrido vital sin haberlo exprimido hasta en sus últimas potencias. No puedo ni quiero cerrar un ciclo a las corridas con tiempos consensuados por otros. Estoy podrida del deber ser, de lo que se supone que ya debería haber hecho. No puedo ni nunca podré dejarme vivir, dejarme aplastar, dejarme llevar por demandas sociales que no me significan nada, por compromisos vacíos de sentido. Al diablo con toda la gilada incapaz de comprender que a algunas personas no nos interesa ser una sola cosa. Algunas personas tenemos un espíritu que quisiera vivir cien vidas en una, y luego sentarnos a fumar y a matarnos de la risa viendo cómo todas esas vidas se pelean y se chocan entre sí al tener que vivir en un solo cuerpo. Vivir con lo justo y necesario me condujo inteligentemente hacia la felicidad. Desde que perdí mi antiguo estatus socio-económico me río de toda la porquería que la gente cree que necesita comprar para ser feliz, y soy feliz de infinitas formas que muchas personas jamás entenderían. Desde que salí de mi pequeño mundo personal aprendí que realmente nada somos sin los otros, nada cambiamos sin los otros, pero hay que construir una mirada aguda para delimitar con qué tipo de otros compartiremos nuestra vida y transformaremos la realidad. Con 25 años a cuestas ya no estoy dispuesta a tolerar ciertas actitudes ni a compartir mi tiempo con nadie que no tenga al menos un sueño y se empeñe por alcanzarlo. Me aburre la gente que se deja vivir por los otros, que no logra hallarle un sentido a lo que hace, me aburre hasta el cansancio la gente desapasionada. Quiero animarme a sentir y dejar de ser tan jodidamente racional. Quiero sentir, permitirme el afecto y la pasión, comprender que a veces hasta el mismísimo sufrimiento puede tener un sentido. Cada nueva luz del día esconde múltiples posibilidades. Mi vida es una línea de fuga, pero tiene sus principios y se sostiene día tras día de ellos anhelando la coherencia y tolerando las contradicciones. Mi lugar en el mundo es siempre bien abajo y a la izquierda. Mi corazón siempre estuvo y estará, como dice el Ché, allí dónde se cometa una injusticia. Soy una luchadora por esencia, una rebelde que por fin ha encontrado su causa y eso la hace doblemente fuerte. Desde que amo plena e incondicionalmente a la libertad, ella es mi única guía, mi brújula y mi timón, mi norte y mi sur, mi este y mi oeste. Desde que comprendí el sentido de mi lucha, me siento plena.

jueves, 8 de enero de 2015

Si el presente es de lucha...


En la carta de despedida a sus hijos: 

“Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionano.”