sábado, 10 de enero de 2015

Reflexión


No puedo ni nunca podré, seguir una línea recta. Las líneas rectas sólo tienen un único final: la muerte. La línea recta huele a este sistema putrefacto, a hastío y aburrimiento. No puedo ni nunca podré recorrer trayectorias con tiempos predeterminados, con segmentos perfectamente delimitados. Al diablo con el puto sueño americano. Mi escuela es mi vida. Mi sentido del tiempo es mucho más aquel que me dicta mi alma que aquel que marcan los relojes. Maldito sea el tiempo inerte, tiempo monocromático, tiempo cronometrado por los poderes de turno. Mis relojes son de arena, de arena multicolor danzando por el viento. Mis tiempos son el kairós y el aión de los griegos. Tengo ganas de resucitar a Walter Benjamin y abrazarlo bien fuerte porque él me entendería. Mi vida es un camino en zigzag. A veces sinuoso y frondoso, otras veces soleado y tan lúcidamente claro. Mi sentido de la orientación espacial suele ser tan irracional como emocional. A veces vivo un año en un orgasmo. Hubo veces en que mi mente madureció más que mi cuerpo. No puedo ni nunca podré finalizar un recorrido vital sin haberlo exprimido hasta en sus últimas potencias. No puedo ni quiero cerrar un ciclo a las corridas con tiempos consensuados por otros. Estoy podrida del deber ser, de lo que se supone que ya debería haber hecho. No puedo ni nunca podré dejarme vivir, dejarme aplastar, dejarme llevar por demandas sociales que no me significan nada, por compromisos vacíos de sentido. Al diablo con toda la gilada incapaz de comprender que a algunas personas no nos interesa ser una sola cosa. Algunas personas tenemos un espíritu que quisiera vivir cien vidas en una, y luego sentarnos a fumar y a matarnos de la risa viendo cómo todas esas vidas se pelean y se chocan entre sí al tener que vivir en un solo cuerpo. Vivir con lo justo y necesario me condujo inteligentemente hacia la felicidad. Desde que perdí mi antiguo estatus socio-económico me río de toda la porquería que la gente cree que necesita comprar para ser feliz, y soy feliz de infinitas formas que muchas personas jamás entenderían. Desde que salí de mi pequeño mundo personal aprendí que realmente nada somos sin los otros, nada cambiamos sin los otros, pero hay que construir una mirada aguda para delimitar con qué tipo de otros compartiremos nuestra vida y transformaremos la realidad. Con 25 años a cuestas ya no estoy dispuesta a tolerar ciertas actitudes ni a compartir mi tiempo con nadie que no tenga al menos un sueño y se empeñe por alcanzarlo. Me aburre la gente que se deja vivir por los otros, que no logra hallarle un sentido a lo que hace, me aburre hasta el cansancio la gente desapasionada. Quiero animarme a sentir y dejar de ser tan jodidamente racional. Quiero sentir, permitirme el afecto y la pasión, comprender que a veces hasta el mismísimo sufrimiento puede tener un sentido. Cada nueva luz del día esconde múltiples posibilidades. Mi vida es una línea de fuga, pero tiene sus principios y se sostiene día tras día de ellos anhelando la coherencia y tolerando las contradicciones. Mi lugar en el mundo es siempre bien abajo y a la izquierda. Mi corazón siempre estuvo y estará, como dice el Ché, allí dónde se cometa una injusticia. Soy una luchadora por esencia, una rebelde que por fin ha encontrado su causa y eso la hace doblemente fuerte. Desde que amo plena e incondicionalmente a la libertad, ella es mi única guía, mi brújula y mi timón, mi norte y mi sur, mi este y mi oeste. Desde que comprendí el sentido de mi lucha, me siento plena.

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