lunes, 19 de enero de 2015

Sobre Iruya & Seyðisfjörður mediante Sigur Rós...







Hay frases que alguna vez leímos en algún libro perdido que tal vez jamás terminamos ni terminaremos de leer, pero del cuál dichas frases más que el libro como tal, nos han marcado. Hay una que leí hace años por algún lado: “acaricien los detalles”. La frase me identificó, y a su vez sirvió de disparadora para hacerme consciente de lo que significa la magia de vivir, precisamente…acariciando los detalles. 
Cuando conocí a Sigur Rós mi modo de percibir sufrió el mayor enriquecimiento de mi vida. Cuando descubrí a Sigur Rós ya no necesité demasiadas palabras para definir a la belleza; porque encontré en su estética todos los componentes que, desde mi visión del mundo, definen el concepto de lo bello, y también de lo sublime. Y creo que, en gran parte, esto se debe a que estos mágicos elfos islandeses saben muy pero muy bien cómo cuidar artísticamente de cada uno de los detalles. También soy consciente de que, cinco años atrás, sin lecturas antropológicas de por medio, cometí el error de caer en una completa idealización de Islandia y de su gente. ¿Pero cómo podría haber sido de otra manera tras semejante impacto, tras semejante coincidencia entre lo que encontré sin querer y lo que deseaba encontrar a nivel latente? ¡Mi relación con Sigur Rós es de las relaciones más platónicas de mi vida!
Para estas mismas fechas, hace dos años atrás…tuve algo así como una gran revelación. Me encontraba viajando arriba de un colectivo viejito que a los tumbos iba recorriendo quebradas, mi vista se paseaba por enormes acantilados a través de caminos largos y llenos de curvas pronunciadas. Mis ojos divisaban tonos de colores que iban desde el gris de la roca de las montañas, el verde de la vegetación, pasando por el morado, el violeta, el amarillo. El colectivo tardó tres horas y unos quince minutos en arribar a su destino. La distancia era corta, pero atravesando los vaivenes del río Colanzulí la parada final parecía muy lejana, y a medida que avanzábamos…la sensación interior se asemejaba a la de estar llegando a alguna tierra lejana, a alguna especie de mundo de fantasía, con algún matiz tolkiano. Hay quienes dicen que la impresión es estar llegando a un pueblo “colgado en la montaña” y creo que están en lo cierto. Hay quien dice que en verdad este lugar se parece a una isla, por estar rodeado del río antedicho y del Milmahuasi. Ya era la nochecita, habrán sido alrededor de las ocho de la noche y las primeras imágenes que percibí al notar que nos acercábamos a nuestro destino se grabaron en mi memoria de una manera tan indeleble que al día de hoy, al cerrar los ojos, puedo sentir vívidamente la emoción que me invadió por completo. Ahí estaba la pequeña iglesia, ahí estaban las lucecitas encendidas iluminando las pequeñas callejuelas angostas y empedradas. Un paisaje montañoso e imponente, que se rehúsa a ser atravesado con combustibles y se presta al desafío de recorrerlo a pecho y pulmón. 
Amor a primera vista, un flechazo directo al corazón, así se sintió llegar por fin a Iruya y descubrir casi con lágrimas de felicidad que mi país posee un pueblo salteño que me genera la misma magia que la música de Sigur Rós y los paisajes islandeses. La analogía geográfica es meramente estética, pero la sensación emocional fue idéntica, porque verdaderamente lo que mis ojos veían me llevaban directo a las fotografías tomadas mientras Sigur Rós filmaba dos canciones en un pequeño poblado de su país natal: Seyðisfjörður, en las afueras de una iglesia, para armar el documental Heima. El conjunto de percepciones, sensaciones y sentimientos que experimenté al llegar a Iruya y conocer Islandia gracias a esta banda podrían denominarse paisajes emocionales. Descubrí que “mi lugarcito en el mundo” podía estar más cerca de lo que yo soñaba, y ya no voy a necesitar aprender otro idioma para soñar con un posible lugar en dónde desear vivir en un futuro tal vez no tan lejano… 
Y aunque mi realidad concreta del día de hoy no me permita saber con certeza cuando volveré a recorrer mi amada Iruya, soñarla con tanta nostalgia me hace anhelarla con mayor emoción y alegrarme de antemano pensando que cuando menos lo espere, mis pies volverán a pisar esa bellísima tierra argentina que me trae tantas reminiscencias islandesas…












[Dato extra que escribo por puro regocijo personal: hace dos años que estoy intentando dar con los videos de Sigur Rós que coincidan exactamente con las fotografías que subí por ahí arriba y que tenía grabadas en mente desde que llegué esa tarde a Iruya. Hoy me tomé gran parte del día para resolver el enigma: ¿cómo podía ser que, siendo que las fotografías formaban parte del tour de Heima, yo no encontrara esa iglesia y esas lindas lucecitas en el documental? Investigando caí en la cuenta de que las imágenes habían sido tomadas el día once de la gira, el 3 de agosto del 2006, particularmente en la zona islandesa de la región de Austurland. Hay dos canciones que fueron filmadas en Seyðisfjörðu: Hoppipolla y Popplagið, tal vez en distintas partes del poblado, pero sí en el mismo día porque la banda está con Amiina y la ropa que usan en ambos videos y en las fotografías es la misma. ¡Sólo que la iglesia y las lucecitas sólo se ven hacia el final de Popplagið alrededor del minuto once en el video! Y después está Vaka, filmada como protesta en la misma zona pero en las cercanías de la central hidroeléctrica de Kárahnjúkar. Es medianoche y recién ahora doy con mi “detalle” del día. ¡Qué obsesiva incurable! Y orgullosa de ello. En fin, hoy fue un día de investigar mucho mucho sobre Heima, y de regocijarme con mi amada banda de elfos…]

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