jueves, 26 de marzo de 2015

Ella, ella...


"(...) Aun si todo va más o menos serenamente necesito, cada dos o tres meses, una noche de hundimiento (…). Necesidad de encarnar presagios y sueños. El mundo externo se opone. Eso es obvio y no obstante no puedo admitirlo; lo quiero - en nombre de mí, digamos, instinto de conservación- , lo quiero, digo, pero no puedo. Queda por averiguar si lo quiero verdaderamente. Luego, por más que crea haber progresado y madurado, mi sentimiento del amor y del deseo es difuso y confuso como a los cinco, a los diez y a los quince años. Una noche sexual es un corte tajante. No puedo, no sé, no podré nunca unir esa noche a las obligaciones, relojes, horarios, etc. Siempre, después de una noche sexual, hago planes de orden: ordenación de escritos, de lecturas, etc. Como quien estuvo al borde de la muerte y al incorporarse proyecta actos sanos y enérgicos. Una noche sexual es agonía, es muerte y es la única felicidad. Pero ciertos gestos, ciertas palabras, yo pierdo conciencia, yo estoy ebria cuando me desnudan, algo lejano y presente. Se repite lo que no se vió nunca. Siempre hago el amor por primera vez. Mi asombro, mi perdición, mi asfixia, mi liberación. Soy una cobarde. Lo sexual, para mí, es el único camino de iniciación. Yo a veces lo abandono por miedo. Así como para otros el ascetismo, para mi lo sexual. (...)"