domingo, 22 de marzo de 2015

Sobre el deseo en Deleuze

Retomando mis lecturas deleuzeanas, me encontré con una Clase en Derrames que trata precisamente sobre una de las temáticas por las cuáles más me atrajo el pensamiento de este gran filósofo desde antes de profundizarlo: su crítica a la noción psicoanalítica del deseo como falta, como carencia. Concepción que me atraviesa de pies a cabeza dada mi formación universitaria tan freudiano-lacaniana. Pero como yo siempre encuentro la mejor manera de correrme de las líneas rectas en el preciso momento en el cuál tan sólo me queda un año de cursado de mi carrera…no tuve mejor idea que sumergirme nuevamente por completo en Deleuze. Porque su pensamiento se entrama de una manera tan apasionante con el flujo de mis ideas que una fuerza irresistible me impulsa a leerlo y a intentar poco a poco comprenderlo, desde el cuerpo y la mente, desde la praxis y la teoría. ¡Es tan apasionante para mi cerebro poder romper un poco con los dualismos, poder pensar en las multiplicidades! Voy a guardarme aquí el siguiente fragmento del libro porque necesito volver y volver a ello. Las negritas y cursivas me pertenecen. 

“Pienso en ese libro sobre la vida sexual en la China antigua (finalmente, todos somos chinos). Nos cuenta una extraña historia, el lector queda azorado ante lo que constituye la gloria del hombre, las mujeres…pero no es eso lo que hace la diferencia con el pensamiento occidental, la diferencia está en otra parte. 
Lo diferente es la manera en que el deseo es vivido: no está relacionado con ninguna trascendencia, no está relacionado con ninguna falta, no está medido por ningún placer y no es trascendido por ningún goce bajo la forma o el mito de lo imposible. El deseo es presentado simplemente como puro proceso
Concretamente, esto quiere decir que no se trata en absoluto del orgasmo. Si el problema occidental consiste en cómo arrancar la sexualidad de la genitalidad, el problema chino es otro: cómo arrancar la sexualidad del orgasmo. A grandes rasgos, dicen que el placer o el orgasmo no son la conclusión del proceso, sino su interrupción o exasperación. Sin duda es necesario que eso llegue, pero también es necesario percibir que esos momentos son como verdaderas suspensiones que permiten volver a poner en marcha el proceso. 
Los chinos tienen una teoría sobre la energía femenina y masculina, que dice que la primera es inagotable, mientras la segunda –esto es fastidioso- es agotable. El problema, de todos modos, es que el hombre toma algo de la energía femenina que es inagotable, o bien que cada uno toma algo del otro. ¿Cómo puede ocurrir esto? Es necesario que el flujo femenino –se trata de un pensamiento en términos de flujos-, siguiendo trayectos bien determinados, se remonte tras las líneas del flujo masculino a lo largo de la columna vertebral para ir hasta el cerebro. Así se produce el deseo en su inmanencia como proceso: se toma prestado un flujo, se absorbe un flujo. 
Se define, entonces, un campo de pura inmanencia del deseo, respecto del cual placer, orgasmo, goce ya no estarán definidos como satisfacción del deseo, sino como verdaderas suspensiones o interrupciones, es decir como exasperación del proceso que hace salir al deseo de su propia inmanencia, o sea de su propia productividad. Todo este pensamiento es interesante para nosotros en la medida en que el deseo pierde simultáneamente toda ligazón con la falta, con el placer o el orgasmo y con el goce. Es concebido como producción de flujo, define un campo de inmanencia. Y un campo de inmanencia quiere decir una multiplicidad.” 

Gilles Deleuze, Derrames, Entre el Capitalismo y la Esquizofrenia, Ed. Cactus, Serie Clases, Bs. As. 2013. (Págs. 186-187).

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