lunes, 10 de agosto de 2015

La nada

No siento nada. No sueño nada. No me implica nada. Lejos de la felicidad, pero mucho más lejos de la tristeza. Anestesiada, apática, insociable (o sociable por obligación) (No puedo ni mirarme en un espejo sin sentir una especie de compulsión que me tienta a romperlo en mil pedazos) No deseo, no hago nada por ser deseada. No puedo sentir. (Lo único que deseo cuando estoy rodeada de gente, es volver a estar a solas) Todo es una gran invasión para mi enfermizo estado de ensimismamiento. Todo es un ultrajamiento que atenta contra mi intimidad. No veo los grises. (No me toques, no me roces, no me invadas) Cedo frente a planes de encuentros sociales sabiendo de antemano que no voy a querer efectuarlos. Debo hacer esfuerzos psíquicos insalubres para convencerme de que tal vez pueda pasarlo bien. Pero aún antes de concretarlos, pienso en el placer que me dará poder deshacerme de esa gente para volver a estar a solas conmigo misma. Soy un muro infranqueable. Placer, hoy, es sinónimo de soledad. Pero mi soledad es un desierto infinitamente poblado. Que alguien logre entrar en mi mundo, (rozarme un poco el alma) es algo así como un milagro. Afortunadamente, una de mil veces, el milagro ocurre.