sábado, 23 de abril de 2016

M.

Viernes por la noche. Vuelvo a salir después de siglos. Estaba con varias copas de más. Mientras un abogado bastante simpático intentaba chamuyarme, mis ojos repentinamente se desviaron hacia un más allá, en dónde me cautivó el atractivo de una sonrisa perfecta. Es de larga data sabido, gracias a Freud, que muchas veces la libido se dirige precisamente hacia aquellos rasgos que al yo le faltan. Pues bien, mis ojos quedaron clavados en esa sonrisa y ya no podía escuchar lo que el otro buen muchacho me decía. Busqué una excusa para alejarme y reencontrar a mi amiga, cuyo plan (como si el destino estuviera de mi lado) era hallar una excusa para acercarse al amigo del chico con la sonrisa perfecta. 
Sin quererlo los azares de la vida hicieron que mi amiga me arrastrara divertidamente hacia una persecución del grupo de chicos, que ya se encontraban por fuera del pub. Media botella de vino, el trago que me regaló el barman y un poco de cerveza me tornaron particularmente charlatana con tintes existencialistas. De repente nos encontrábamos caminando junto a estos chicos, sin rumbo fijo. Mi amiga junto al chico que le gustaba, y yo junto al chico de la sonrisa perfecta. La noche llegaba a su fin. Noté que detrás del tono rojizo producto del alcohol y alguna que otra hierba, se escondían unos ojos verdosos. Sin buscarlo siquiera, terminamos dialogando apasionadamente sobre la mismísima vida y me dediqué a hacer lo que mejor me sale cuando tomo de más: volarle los pelos a la gente. 
Mi amiga ya se había ido junto al otro chico. Nosotros seguíamos caminando por las calles rosarinas mientras despuntaba el alba. Teníamos sed. Entramos en un bar dónde sabíamos que pasaban buena música con intenciones de seguir tomando alcohol, pero a esa hora la ley nos jugó en contra y terminamos tomando gaseosa y agua mineral. Hacía más de dos años que mis ojos no se clavaban en un nuevo hombre con tanto deseo como me sucedió en ese momento. Ya no sé quién fue el responsable de dar la iniciativa, pero después de las semejantes canciones que sonaban de fondo no pudimos evitar terminar besándonos apasionadamente en el medio del bar. Mientras tanto continuábamos con una conversación que palabra a palabra se tornaba más interesante. No sé si fue por el alcohol o por mi estado cuasi hipomaníaco pero después de que pasaran The Scientist de Coldplay ya no sólo me estaba sintiendo atraída físicamente sino que en ese breve lapso temporal hasta fui capaz de sentir cierta ternura. ¿La culpa la tuvo el alcohol, la música de fondo, mi estado previo de buen talante anímico? ¿A quién le importa? Estaba sintiendo algo, algo nuevo después de años, estaba volviendo a permitirme desear a alguien, y eso era lo más importante. 
Mi estado anímico estaba tan revolucionado que de repente, cuando volvía del baño y noté que nuestra mesa estaba vacía, todas mis inseguridades acumuladas subieron a superficie. Sentí la inminencia de la angustia de una ausencia, sentí que me había dejado sola, que había aprovechado la oportunidad para escaparse. ¿Puede ser posible que haya quedado tan traumada de mi última relación como para caer en semejante exageración sin ser capaz de pensar que él también había ido al baño?
Falsa alarma. No sólo se quedó sino que (a sabiendas de que no iba a poder meterse entre mis sábanas porque en mi cama estaba mi hermana) me acompañó caminando hasta la puerta de mi edificio. Todo un caballero el pendejo. No me quedó otra opción más que insinuarle –entre besos- que esa no sería ni la primera ni la última vez…