viernes, 17 de junio de 2016

Transición




Hubo un momento en el cual desde algún lugar no exactamente personificable se me demandó ser una adulta y desde ese punto de quiebre sentí como si una parte de mí misma hubiera muerto. Claro que no fue un acontecimiento con fecha precisa, más bien fue algo así como un proceso gradual y a la vez, un camino de ida sin posibilidad de retorno. La cuestión es que no termino de saber cómo demonios se hace para ‘ocupar bien’ este puesto vital que debería ya estar ocupando en un sentido cronológico socialmente consensuado. Simplemente no encajo en esa posición y tampoco hago mucho por encajar, porque en el fondo no me interesa. Pero desde entonces sentí como si aquello que yo creía que era mi “esencia” (concibiéndola como un devenir en constante fluir y no en términos sustancialistas) se hubiera marchado con la joven creativa que yo creía que era. Creo que fue ese el momento en el cuál dejé dormirse mi sueño de ser escritora, el sueño que durante tantos años alimenté con una responsabilidad digna de un “adulto” desde el semblante de una niña, púber y luego, una joven adolescente. Creo que desde el 2013 no hago más que recordar aquel sueño con cierto dejo de tristeza y de reprocharme a mí misma el no hacer demasiado por volver a soñarlo. Pero desde entonces no dejo de pensar en este quiebre que a modo de vacío o de agujero negro va tragándose mis motivos vitales. Alejandra Pizarnik intentaba reparar esa hendidura originaria escribiendo, pero al leerla sentí que todo lo que yo podría llegar a escribir ya estaba escrito bajo su pluma tan profunda como sagaz. Fue en ese punto de quiebre vital cuando dejé ir mis rasgos melancólicos en un duelo perpetuo que hasta el día de hoy sigo elaborando, porque en el fondo hasta siento nostalgia por aquella hilacha en la que me había convertido. Desde esa ruptura no dejo de sentir, año tras año, que más responsabilidades tengo y que menos vivo, que menos encajo en el prototipo de mujer adulta y que más me distancio de aquellas personas cuyas vidas han seguido un curso segmentario en términos deleuzeanos: ir al colegio – trabajar / estudiar – juntarse en pareja – procrear. Me siento perdida entre mucha gente de mi misma edad porque no comparto sus estilos de vida, esto no significa que los repruebe, simplemente no los comparto; y eso me hace sentir por fuera de muchos grupos de pertenencia. Vuelvo a este rincón en una fría noche de viernes para poder recordarme que en alguna parte de lo que soy aún puedo ser capaz de sentir, vuelvo a este rincón extraviado en el tiempo para poder sentirme digna de mi existencia y para poder resignificar el camino que transité tratando de divisar las huellas que verdaderamente cuentan. ¡Cómo extraño sentarme a escribir sin tantas trabas del pensamiento obstruyendo el libre fluir de mis palabras! 
Me veo al espejo mientras tomo un café y escribo estas líneas y siento que detrás de esas ojeras indelebles aún queda mucho por vivir si me animo a salir de este microcosmos, si me atrevo a volver a experimentar con cuerpo y alma, si me atrevo a romper de una buena vez esta coraza hermética que me impide ver al mundo con los ojos de una soñadora. Una soñadora ya no tan idealista, pero sí capaz de volver a creer, a crear, a sentir y a volar con las alas de sus propios deseos.

miércoles, 8 de junio de 2016

Decisión

Volver a Humanidades o morir de la angustia.







Amo la carrera que elegí, amo leer sobre Psicología y Psicoanálisis y me siento preparada para ejercer la profesión, ¡pero cómo detesto el clima de esa facultad! me pone de mal humor el sólo hecho de tener que ir de vez en cuando a hacer un trámite o a rendir finales. Desde que cursé en Humanidades no dejo de sentir que por fin había encontrado mi lugar de pertenencia y después de tantos años necesito volver a sentir esa sensación tan "heima" que me generaba.