miércoles, 2 de noviembre de 2016

Dank


En el jardín de los senderos que se bifurcan la otra hija del viento traspasó un umbral que creía infranqueable. Saltó a través del muro para ver qué es lo que se escondía detrás de ese sendero de tierras prometidas desde antaño. De algún fondo olvidado de lo que quedaba de su alma germinaron lilas que ya no anunciaban soles negros sino lunas radiantes de noches de desvelo. Su brillo delineaba con su esplendor una escena dentro de otra escena, tiñendo de ilusiones un espacio viciado de pensamientos petrificados que se fueron a dormir junto a sus miedos aliados. Las sombras ensordecedoras de las noches melancolizadas cedieron el lugar al regreso de un ensueño, marcado por la posibilidad de enunciación de la ternura. El desierto devino manantial. El tiempo se cristalizó en la eternidad de un presente marcado por el fuego. 
El amanecer trajo consigo una calma tan profunda como un estado de trance, la luz del nuevo día hizo brotar la más bella y pura de las armonías. La felicidad debe de ser algo así como volver a flotar entre nubes de algodón en un cielo dónde toda estrella fugaz es posible de concederte un deseo. El oro en los bolsillos debe de ser algo así como el incipiente nacimiento de un querer de dos soledades que se funden en un encuentro. La forma del alma está bordeada por el vacío que se pulveriza en el instante de un abrazo.