martes, 2 de enero de 2018

La anfitriona



Recuerdo todos los fines de semana reunidos en familia en ese patio. Me recuerdo una de las últimas veces, abstrayéndome de la escena por un momento, tratando de mirarla desde afuera, queriendo retenerla para siempre en mi memoria. Vos, sentadita al lado del equipo de mate -que siempre fue una parte más de tu cuerpo, ¿quién podría olvidar tus mates de azúcar con yerba?-, separando de los yuyos la lechuga o la achicoria que habíamos recolectado de la quinta. Caro yendo o viniendo en bicicleta, vos ofreciéndole siempre un mate más o una porción de torta. Mamá quitando las hierbas malas que crecían alrededor de los zapallitos. Papá con la pala en mano haciendo fuerza para armar otro almácigo, gruñendo un poco cada vez que tenía que explicarte a cada ratito que ya no puede tomar mate porque le hace mal el estómago. Era en vano, a los cincos minutos volvía a escucharse una vocecita: “- ¿Juan no toma mate?”, “- No puedo María”, “- ¿Y un tecito?”. 
Servicial desde que tengo uso de la razón, ya no poseías memoria reciente pero nunca dejaste de ser la mejor anfitriona. Buena anfitriona, es la misma palabra con la que me definió hace un tiempo esa otra persona que en octubre también tuve que aprender a dejar ir de este mundo. Dejar ir, soltar. Es algo que siempre me ha costado demasiado. Y qué se le va a hacer, si soy la eterna nostalgia encarnada. Y es por eso que necesité abstraerme unas milésimas de segundos de esa escena: necesitaba atesorarla para siempre entre mis memorias más valiosas. Recuerdo que en ese instante sentí, aún sin haberte perdido, nostalgia y tristeza por anticipado. Mis ojos se llenaron de lágrimas pero las contuve, junto a esa imagen, junto a esa escena, porque yo estaba en ella, y para poder vivirla en su intensidad y plenitud… había que vivirla en ESE presente. 
Supongo que a medida que pasan los años uno va tratando de hacerse una idea de que la muerte forma parte de la vida, más allá de que en sí misma la muerte sea irrepresentable. A algunas personas este desborde de lo real las conmueve tal vez más tempranamente que a otras. De cualquier manera, tarde o temprano a todos nos toca aprender a convivir con ciertos vacíos. Pizarnik decía que todos estamos heridos en nuestro fundamento; y que escribir es intentar reparar esa desgarradura que se me hace que en verdad es originaria. 
Se me viene a la mente una canción de Pez: “Familia es compartir el alma y estar…y no olvidar, alguien que viene y alguien que se va de la casa. Tu raíz más ancha, por siempre folklore, quede la impronta de tu vida sobre mí, por siempre…” 
Hace muchos años vi una película de la cual sólo recuerdo imágenes difusas pero siempre recuerdo nítida una de sus frases: “también somos lo que hemos perdido”. Nuestras pérdidas no sólo viven en nosotros sino que también constituyen lo que somos, son algo así como ausencias repletas de presencias, vacíos en el alma que no vamos a poder volver a llenar con nada pero cuyo valor de cicatriz es testimonio de que hemos amado. Huellas indelebles…ya que como alguien dijo alguna vez, la única muerte verdadera es el olvido. Y a vos viejita, te recordamos cada vez que cebamos un mate.

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