sábado, 21 de abril de 2018

Nostalgias de otoño

A veces soy infumable: odio el sonido del timbre (lo desconectaría si de ello no dependiera mi trabajo), odio el sonido de un teléfono sonando (es que más bien, odio hablar por teléfono) y me irritan hasta la ira los martillazos cuando hay reparaciones en algún lugar continuo (me producen algo así como una crisis de angustia). A veces me pregunto qué demonios hago viviendo acá. Pero hay algo que es un placer para mis oídos y que no me desconcentra en absoluto: el barullo del recreo de los niñxs de primaria jugando en el patio de la escuela que queda a la vuelta de casa. Año tras año, abril tras abril, esto me sigue pareciendo algo maravilloso. Amo escuchar sus gritos entremezclados, esas vocecitas llenas de vida, incluso sonrío –ahora mismo- al escuchar a uno de los chicos haciendo una especie de grito gutural e imagino –por lo que veo sin poder ver- que debe estar corriendo queriendo atrapar al resto. Me produce una nostalgia de las más lindas, me transporta mentalmente al remolino de hojas otoñales mezcladas con envolturas de golosinas en dónde cada otoño corríamos y jugábamos en el patio de mi escuela primaria.

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