sábado, 4 de agosto de 2018

Casona Yiró

Ayer a la noche fui a ver teatro en una especie de casa medieval cuasi gótica que se escondía en el corazón de Rosario. Ninguno de los presentes sabía que existía semejante tesoro detrás de esa pintoresca fachada por calle San Lorenzo. Compartí la velada (si la palabra velada viene de velas la cuestión fue literal, ¡en las mesas había velas como las que usamos cuando se corta la luz!) con una amiga y su hermosa gente. Entre esta gente hay un chico que sé que en algún momento del verano se fijó en mí o al menos eso es lo que mi amiga me dijo por aquel entonces. Desde hace años me parece muy atractivo. Cuestión que no sé dónde quedó mi yo del pasado, ese yo que confiaba en su autoestima a la hora de entablar una conversación con alguien que le parece lindo. Me siento indeseable y horrible más de un rato al día. No sé muy bien desde cuándo (pero sé que viene desde antes de la muerte del muerto) perdí completamente todo código o estratagema a la hora de lidiar con situaciones que podrían llegar a devenir escenas deseantes. Es como si diera por sentado que nadie se va fijar en mí porque ni siquiera yo puedo a veces mirarme en el espejo. O como si defensivamente me alejara de toda posibilidad de que alguien intente querer algo conmigo incluso en situaciones en dónde yo también quisiera saber algo al respecto. Soy consciente de que en este caso no se trataría jamás de una “historia de amor” pero muy seguido me pregunto si alguna vez en la vida yo podré volver a sentir algo que se acerque a mi concepto de amor. También me pregunto por qué me niego así incluso al mínimo surgimiento de un deseo en su estado incipiente. ¿Por qué sólo me fijo en chicas con las cuáles no puedo tener nada? ¿Por qué no hice nada por acercarme un poco más a ese chico que francamente me agrada? Sé lo que sentí anoche cuando algo del deseo surgió en mí. Más que sentir fue un pensar, un recordar. Se me vino a la mente el cuerpo del muerto y ya no pude pensar en otra cosa. Y no es que haya amado al muerto, pero me cuesta el sólo hecho de representarme compartiendo mi cuerpo con otro sin que en mi cabeza emerjan representaciones de cuando estaba con él. Por fuera del plano del deseo, cada vez que pienso en el amor me doy cuenta de que sólo lo sentí una vez en la vida, pero la Valeria que soy hoy ya es otra completamente diferente a la que era por aquel entonces en mi plena adolescencia. Con otra amiga siempre nos interrogamos sobre ello: ¿será que ya estamos adultas como para volver a sentir ese tipo de amor efervescente y un tanto idealizado? ¿Pero entonces qué demonios debería ser el amor hoy? Tal vez la realidad sea de semejante planicie que ya no puedo hacer otra cosa más que pensar en cómo carajo pagar las cuentas o de qué manera empezar a ejercer mi profesión. Es como si el peso de lo concreto obturara incluso toda pregunta acerca de la remota posibilidad de llegar a sentir algo por alguien, aunque sólo sea un deseo.

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