lunes, 10 de diciembre de 2018

081218

Fue en aquel atardecer en el que volví a encontrarme desnuda entre sus sábanas cuando supe que aunque todo había cambiado, había algo “entre” nosotros que permanecía inconmovible. El atardecer que yo vivenciaba en el momento del orgasmo figuraba una pintura completamente antagónica a la que se veía detrás de la ventana. Mis sentidos se alteraron en el momento culmine de la excitación y todo lo que podía ver cuando cerraba los ojos era una tonalidad amarilla de un atardecer digno de un día de tormenta mezclado con sol en dónde sólo faltaba el arco iris. La habitación ya no era la habitación sino un campo repleto de flores de múltiples colores embellecidas por la refracción de la luz. Casi podía oler su aroma y fue en ese instante preciso en que la habitación devino un paisaje emocional regido por las coordenadas del deseo.